Alerta de Traumatismo By Radclyffe


Dra. Ali Torveau estaba tarde, y ella odiaba llegar tarde. Ella suponía que sus amigas psiquiatras la llamarían rígida o inflexible, o hasta obsesiva por insistir que sus casos de operación empezaran a tiempo, y demandando que sus horas de clínica empezaran y terminaran con puntualidad. Ella pensaba de ello como estando en control, y un cirujano, especialmente un cirujano de trauma que trabajaba en medio de caos, necesitaba estar en control.
Alerta de Traumatismo
Alerta de Traumatismo By Radclyffe

Por esa razón estaba un poco molesta cuando bajó la escalera a la sala auxiliar de conferencias, en la planta baja del Pabellón de Silverstein un poco pasado las siete p.m. en lo que debería haber sido su noche libre. Había estado hasta los codos en el estómago de una víctima de balazo un poco pasado las cuarto p.m. cuando la secretaria de Ambrose Rifkin llamó para informarle que tenía que cubrir la lectura del curso de entrenamiento para los de la UST, la Unidad de Socorrismo Técnico, para el director esa noche. El edicto había sido expresado educadamente en forma de petición, pero rechazo no era una opción; ignorando que ella tenía cuatro lecturas que ella misma tenía que dar después ese mes. Ni una médica superior como ella le decía que no al director.

Ali firmemente aplastó la imagen de estar sentada frente la chimenea con un libro que había estado tratando de terminar por una semana, y con un vaso de Pinot Noir. El Littorai 2006 que había estado guardando, había sido descrito como inquietante y poderoso. Esta noche, la parte inquietante, a lo menos, la describía.

Poniendo lamentaciones de la tarde perdida a un lado, ella empujó la puerta y contempló los hombres jóvenes, musculares, reclinados alrededor de la mesa de conferencias. Eran exactamente lo que ella esperaba de la apariencia de bomberos… fuertes, tipos atletas con ojos claros en pantalones de mezclilla y camisas o sudaderas blasonadas con emblemas del Departamento de Bomberos de Filadelfia paramédico. Un poco azotados por el viento y ruborizados por el aire frio de noviembre, encorvados en sus asientos, piernas aparte, brazos colocados sobre las respaldas de las sillas. Seguros de sí mismos y un poco arrogantes, no tan diferente de muchos de los cirujanos residentes con quien trataba, aunque los cirujanos generalmente optaban por porte sincero y respetuoso… a lo menos en la superficie.

– Soy Ali Torveau, una de las cirujanas de trauma. Dr. Rifkin no puede venir esta noche, así que voy a sustituir por él, hablando sobre lesiones torácicos por aplastamiento. – Ella contó cabezas, ceño fruncido. – ¿No debe haber seis de ustedes? –

– Cross se fue de guardia ya al final del turno. – Un rubio con piel rojiza y salpicadura incongruente de pecas sobre su nariz y mejillas, asiéndolo parecer como catorce, respondió en un barítono profundo.

– Es mi entendimiento que todos los aprendices de la UST tienen que estar libres para estas sesiones. No son opcional, y no pueden recuperarlas. La junta estatal de certificación lo hizo muy claro. –

El rubio sonrió y encogió los hombros. – Nada saca a Cross del trabajo de campo. –

Ali insertó su unidad jump a la computadora situada en la mesa de conferencias, pensando que el bombero paramédico en cuestión probablemente debería reconsiderar sus planes de unirse al nuevo equipo técnico de rescate del DBF. Un equipo como eso exigía disciplina y cooperación bien unida, y Cross sonaba como un cowboy.

– Bien, –dijo Ali. – Vamos hablar de succionando…–

La puerta se abrió de golpe y una mujer en una camisa empapada de sudor, aplastada contra hombros anchos y un pecho esculpido entró de prisa al cuarto. – ¿Alguien mencionó mi tópico favorito? –

Unos cuantos de los hombres rieron entre dientes mientras la persona tardía se dejó caer en una silla y le dio una sonrisa confiada a Ali, mientras lanzaba una chaqueta de mezclilla, demasiada ligera para el frío excesivo para la temporada de noviembre, a la mesa. Se veía vagamente familiar, pero Ali estaba segura que la hubiera reconocido si se hubieran conocido antes. Era de tan alta como Ali… un poco más del promedio… y como los bomberos masculinos, cuerpo fuerte y en forma. Sus brazos desnudos eran sutilmente musculares y sus pantalones de mezclilla desgastados estaban estirados ajustadamente contra muslos musculares. La ceniza rayando su rostro, ligeramente bronceada, no reducía su buen aspecto. Causalmente texturizado y llegando hasta el collar, su pelo oscuro marrón con reflejos rojos relucientes colgaba contra su cuello en rizas húmedas. La inesperada suavidad de esas rizas sensuales contra un lienzo de músculo y hueso esculpido le daba el aspecto de un ángel caído. Sus ojos, absurdamente azules, brillaron divertidos y Ali se dio cuente que los habían estado mirado.

Abruptamente, Ali cortó la mirada. Ella había tratado con estos tipos llamativos toda su vida. Cirugía criaba… o quizás simplemente atraía… súper confiados, sexualmente carismáticos, chingónes egoisticos. Desafortunadamente, tan irritantes que fueran, muchas veces eran los mejores cirujanos. Quizás era igual para bomberos. Cualquier otro tiempo la hubieran ignorado como ligereza relativamente inofensiva, pero no había olvidado por completo su vaso de vino fallado y tarde de relajo interrumpida. Se sentía media malhumorada.

– Como es tu tema favorito, – Ali dijo en tono casual, dirigiendo sus comentarios a la persona nueva, – quizás te gustaría darnos un resumen rápido sobre heridas torácicas de succión. ¿Cross, verdad? –

– Sí. Beau Cross. – Beau se apoyó contra su silla, tomando una actitud indiferente para ganarse unos segundos para volver a estar encima del juego. La mujer parada al pie de la mesa con sus brazos cruzados sobre su pecho y una expresión de control suprema la sacaba de onda, y eso nunca le pasaba. Ella trabajaba con mujeres fuertes y exigentes todo el tiempo. Bomberas y personal médico de emergencias necesitaban ser inteligentes, fuertes, y resistentes para aguantar el trabajo y refutar la idea todavía persistente en unos lugares, que mujeres no aguantaban en el departamento de bomberos. No, había algo más de esta mujer en particular que sacaba Beau de onda.

Beau la estudió bajo párpados vagamente bajados. Separados, el pelo corto castaño despeinado, ojos oscuros que combinaban, figura delgada, y rasgos delicadamente formadas podían descuidadamente ser llamados «bonitos». Pero su nariz aguileña y cejas oscuras, dramáticas, destacaban su perfil y la movían de atractiva a la categoría deslumbrante. De todos modos, la cirujana posiblemente podía pasar sin ser detectada en medio de literalmente cienes de otras mujeres y hombres andando por el hospital en uniformes médicos, amorfos, de un verde desteñido. Quizás. Quizás si uno fuera comatoso. Pero era raro que Beau no notara una mujer bella, y no podía recordar ni una sacándola de onda.

No solo sacándola de onda. La mirada que la cirujana le dio cuando Beau entró como si nada al cuarto casi la paró en seco. Esos ojos hondos, oscuros, mirándola con la intensidad de un flameo, evaluándola, sumándola, y entonces… igual de rápido… desestimándola. Beau había pasado los últimos diez años de su vida perfeccionando su imagen, perfeccionando su apariencia. Todos creían que era exactamente la persona que ella quería que ellos vieran. Y eso funcionaba muy bien para ella. Pero por unos cuantos segundos, mientras que fue evaluada y rechazada, había sentido el peso de mantener su imagen apretándose como una cadena alrededor de su pecho, y había querido lanzar la máscara a un lado. Una reacción muy peligrosa. Su corazón latió más deprisa, y usualmente solo una alarma múltiple o una crisis de muerte podía hacerle eso. Su pulso ni agitaba cuando acababa, no así. Respiró profundo, forzando una sonrisa.

– Perdón, no se tu nombre, – Beau dijo.

– Quizás es porque llegaste tarde. – Ali estaba consciente de los otros en la sala observando el intercambio ávidamente. Si uno de los residentes quirúrgicos había sido tan irreverente, ella hubiera amenazado la pobre alma con semanas de trabajo de piso. Estar bloqueado del quirófano era un destino peor que la muerta para un cirujano en formación competitivo. Pero esta bombera no era un residente, y por qué se sentía obligada a justar con la mujer era completamente incomprensible. Mantenido la mirada turquesa sin parpadear, Ali dijo suavemente, – ¿La pregunta? –

– Vendeja oclusivo y ventilación positiva con presión. – Beau dijo.

– Bien, – Ali notó. – ¿Y si la PA baja? –

Beau pausó, y cuando les dio un vistazo a sus colegas, Ali se dio cuenta que la bombera le estaba dando a los otros la oportunidad de contestar. Interesante. No tan egoísta como había parecido inicialmente.

– ¿Qué tal si te digo que había una desviación traqueal de la línea media? – Ali dijo, cuando la sala se quedó en silencio.

– Neumotórax por tensión, – uno de los hombres dijo espontáneamente.

– Sí. – Ali asintió con la cabeza e inclinó una ceja a Beau Cross. – ¿Quieres modificar tu declaración? –

– El mismo tratamiento, – dijo Beau, – pero la vendeja necesita que ser modificado. Levantar una esquina para crear una válvula de aleteo. Aire salé, pero no vuelve entrar. –

– De acuerdo. – Ali alcanzó hacia atrás al interruptor de luz, atenuando las luces, entonces abrió su presentación de PowerPoint. – Vamos hablar sobre el mecanismo de lesiones torácicos cerrados y sus variaciones en la presentación. –

Por los siguientes sesenta minutos Ali corrió por los protocolos de gestión de emergencia para emergencias potencialmente mortales de trauma torácica, cómoda con el tópico por haber hablado de ello cienes de veces antes. Ella describió, preguntó, desafió, y encontró los paramédicos agudos y dispuestos. Ella disfrutó de la sesión, como siempre, cuando discutía sobre algo que le gustaba. La hora pasó rápidamente, y todo el tiempo, estaba al tanto de Beau Cross solo unos cuantos centímetros de distancia. Aunque no podía ver el rostro de la bombera, podía sentir su presencia como una onda de infrarrojo brillando contra fondo de las tinieblas.

* * *

– Oye, Ali, creía que estabas libre esta noche, – Wynter Thompson dijo, cuando Ali caminó dentro del vestidor quirúrgico. Sacó un par de pantalones negros de su casillero con una mano y lanzó sus pantalones médicos, arrugados en bola, a la ropa sucia con la otra.

– Sí estaba. Estoy. – Ali desatrancó su casillero y pataleó sus zuecos al fondo. Hicieron un golpe sordo satisfactorio. – Me forzaron a dar la lectura del jefe esta noche. –

– Ups. – Wynter rio y lentamente subió su blusa de uniforma sobre su notablemente estomago de mujer embarazada. – ¿Supongo que no debo mencionar los boletos de los Eagles para esta noche, que Pearce recibió de una familia de un paciente? –

Ali paró en medio del acto de botonar su blusa y miró fijamente a su buena amiga, que adicionalmente era el miembro superior de trauma. – Estás bromeando. ¿El jefe en este momento está en un juego de fútbol americano con tu pareja? ¿Por qué se me dificulta imaginar los dos tragando cerveza y comiendo perros calientes? –

– Padre e hija pasando tiempo juntos. – Wynter se puso un suéter azul marino tejido con trenzas y tiró unos pantalones sueltos sobre sus piernas. – Creo que Ambrose finalmente ha perdonado a Pearce por no seguir en sus pasos académicos, pero todavía… no tienen muchas oportunidades de pasar tiempo juntos. Así que cuando algo ocurre, la animo que vaya. –

– Entiendo. – Ali suspiró. Ambrose Rifkin había esperado que su hija Pearce buscara una carrera ambiciosa en una de las diez más destacadas escuelas médicas, y la decisión de Pearce a tomar una posición de cirugía general cerca de casa, para poder casarse con Wynter y tener una familia había puesto padre e hija a contras. Ali inclinó su barbilla hacia el estómago de Wynter. – ¿Cómo te sientes? –

– Como si está más difícil a estar embarazada a los treintaiuno que a los veinticinco. –

– Si necesitas que cambiar el horario de guardia… –

Wynter negó con la cabeza. – No. El parto no es hasta otras siete semanas y no quiero recuperar más tiempo de lo que voy a tener que. –

– No es necesario recuperar permiso por maternidad. –

– Ya sabes que no funciona así para residentes cirujanas. Aunque los chicos son buenas personas, nunca me dejarían en paz si no recupero el tiempo. – Wynter encogió los hombros. – De todos modos, no me gusta estar a parte de todo por tanto tiempo. Necesito los casos. –

– Ah… ¿y no supongo que jugarías el papel de nuera del director? El permiso es tu deber, y podemos cortar tu tiempo en el piso cuando regreses. Darte más casos… –

Wynter resopló. – Oh sí. Eso de verdad me ganará muchos amigos. –

Ali sonrió y cerró su casillero con el hombro. Que extraño, nunca antes había notado los reflejos rojizos en el pelo castaño de Wynter. Los ojos de Wynter también eran un azul vivo y claro. Se preguntó por qué Wynter y Beau Cross podían tener unas de las mismas características físicas superficiales, pero verse completamente diferentes. Wynter era suavemente delicada… especialmente ya que estaban embarazada. Y Beau… Beau era sexualidad ardiente y fuerza intensa. Las dos eran mujeres increíblemente atractivas, pero Wynter era más al gusta de Ali. Estable, calmada, enfocada. Y completamente responsable. En las ocasiones raras cuando Ali se imaginaba con una novia, se imaginaba una mujer como Wynter.

– ¿Ali? ¿Estás bien? – un ceño pequeño arrugó la piel suave entre las cejas de Wynter.

– ¿Mmm? Sí. ¿Por qué? –

Wynter mostró a los pantalones de Ali, colocados en la banca baja que dividía el espacio entre las dos filas largas de los casilleros. – Se te olvidó tus pantalones. –

Ali miró hacia abajo a sus piernas desnudas extendiendo debajo de su olvidada y media botonada, blusa, y sonrojó. Agarró sus pantalones y se los puso bruscamente. – Ah. Solo estaba pensando de la lectura de hace rato. –

– ¿De qué era? – Wynter agarró su bolsa pesado de gimnasio, llena de ropa, y guías de estudio sobre comités de acreditación de trauma, y artículos de higiene.

– Oye, yo lo cargo. – Rápidamente, Ali encogió los hombros dentro de su gabán y agarró la bolsa de Wynter con la de ella. – Vamos, te encaminaré a tu carro. –

– No tienes que a hacer eso. –

– Mis planes grandes para la tarde fueron derrotados por la UST. Además, necesito ejercicio. –

Wynter le dio una mirada a Ali. – ¿Desde cuándo? Eres como Pearce. Nunca tomas el ascensor… bueno, nomás si estoy haciendo las rondas contigo… y se nota que te vuelve loca. –

– De verdad que no. – Ali mintió, manteniendo paso con Wynter al ascensor. Ella prefería correr los cuatro tramos de escaleras, pero había visto los tobillos hinchados de Wynter. Su día había empezado hace quince horas con rondas en la UCI de traumas a las seis a.m. Wynter probablemente estaba cansadísima.

– Gracias. – Wynter se apoyó contra la pared trasera mientras el ascensor descendía. – ¿Así que, que es la UST? –

– Unidad de Socorrismo Técnico. El Departamento de Bomberos de Filadelfia está creando dos unidades de especialización, una en cada división, para responder a cualquier evento masivo con muchas casualidades. Bombardeos, contaminación de peligro biológico, desastres naturales. Somos unos de los centros de entrenamiento para los paramédicos. Todos necesitan dieciocho horas para recertificación. –

– Suena chido. ¿Necesitan cualquier documento? –

– ¿Qué? ¿Por qué? – Ali rio cuando salieron al pasillo. – ¿No te mantenemos muy ocupada en la unidad de trauma? –

– No sé, hay algo verdaderamente emocionante de estar en el campo sin ayuda, sin monitores, sin máquinas de rayo X. Todo depende en ti, ¿sabes? –

– Espera hasta que estés atendiendo. Te sentirás así cada día. –

– Me gustaría. – Wynter suspiró. – Me da la impresión que Ambrose no quiere que me quede. –

– Bueno, yo sí. – Ali rápidamente abrazo a Wynter. – Y todos los demás también. Todos podemos votar. Y creo que estás equivocada de Ambrose. Él tiene que ser más estricto contigo. Estás casada con su hija. –

– Quizás. Y posiblemente cuando lo encanto con un nieto me perdonará por ruinar la carrera de Pearce. – Wynter rio.

– Me parece que Pearce se ve muy feliz. – Ali cambio los sacos a una mano, y apoyó el hombro contra la puerta pesada del pasillo para abrirla para Wynter. De repente estaba viendo una cara conocida.

– A ver, – Beau Cross extendió un brazo contra la puerta y sonrío a Ali, – déjame ayudarte. –

Beau mantuvo la puerta abierta mientras que Wynter pasaba.

– Gracias. – Ali pausó, atrapada por el color de los ojos azul profundo de Beau Cross. La bombera se había puesto una chaqueta de mezclilla y cargaba una taza de café de cartón de McDonald’s.

– No hay de qué. Me gustó la lectura, – dijo Beau.

– ¿A sí? –

– Sí. Me encantan retos. –

– No me dio la impresión que el tópico era demasiado difícil para ti. – Ali detectó un poquito de humo y sudor sana, una combinación sorprendentemente atractiva, y por un instante absurdo tenía el impulso de quitar la ceniza de la mejilla de Beau. La sensación era tan ajena que metió su mano libre lo más adentro en la bolsa de su gabán.

– No estaba hablando de lesiones torácicas, – Beau dijo, su voz más baja. – Si no estás haciendo nada más tarde, quizás puedo compensar por llegar tarde. Podemos hablar de atención de emergencia pre-hospitalario mientras tomamos. –

Algo de la sonrisa presumida causó que Ali recordara. Sí había visto la bombera antes. En la tele. – Tú eras la que volvió a la casa adosada para esa niñita hace un mes. –

El rescata había estado por todas las noticias por días. Un edificio en llamas había sido declarado totalmente encendido y los equipos de bomberos estaba retirando cuando una mujer histérica había gritado que su hija todavía estaba adentro. Las cámaras de tele habían estado filmando cuando una bombera corrió adentro de la estructura por una pared de llamas, como en una misión suicida. Cuando el techo vino abajo, el edificio parecía una cripta de llamas para niña y bombera. Momentos después, la bombera salió tambaleando con la niña en sus brazos, su propia máscara respiratoria sobre la cara de la niñita. La bombera… Beau Cross… había escapado con quemaduras menores y inhalación de humo mínimo.

Beau encogió los hombros, su expresión ausente. – Sí. –

– Un rescate asombroso. – El elogio era sincero, aunque al tiempo Ali había pensado que solo alguien muy valiente… o muy loco… correría a una muerte tan segura sin hesitación ninguna. Habiendo conocido la bombera en cuestión, agregaría temeraria y cazadora de atención a la lista.

– Parte del trabajo, – Beau respondió automáticamente. – Ahora, a las cosas importantes. ¿Bebidas? Quizás algo un poco más apasion…–

– De ninguna manera, pero gracias de todos modos. – Ali sonrió, pero se aseguró que su tono expresaba que de verdad no estaba interesada. Cross era atractiva y lo sabía. Además, era exactamente la clase de mujer en quien Ali tenía cero de interés.

– No te apresures, – Beau llamó a gritos mientras Ali salió hacia fuera para alcanzar a Wynter. – ¡Acuérdate, los de primera intervención son compañía muy caliente! –

Riéndose a pesar de sí misma, Ali negó con la cabeza, pero no miró hacia atrás.

– ¿Ella quién era? – preguntó Wynter.

– Una paramédica en el curso de UST. –

– Híjole, está verdaderamente caliente. Y el juego de palabras fue intencional. – Wynter tiró de la manga de Ali. – ¿Te invitó a salir? –

– Más como una línea mal hecha para hacer un levante. – Ali puso su palma bajo el codo de Wynter, mientras travesaban el tráfico del Treintaitrés hacia el garaje de estacionamiento una cuadra al este en la calle Spruce.

– ¿Así que dijiste que no? –

Ali le dio una mirada a Wynter. – Ella es una sabelotodo que piensa demasiado bien de sus encantos. Claro que dije que no. –

– Pos’, no sabía. Sus encantos se veían medios increíbles a mí. –

– No a mis gustos, – Ali insistió. – La única cosa peor que una bombera es la poli. No salgó con ninguna de las dos. –

– Ajá. Bien. – Wynter resopló. – Solo mujeres aburridas para ti. Ya veo. –

Ali no respondió a las bromas hechas sin malicia. Ella tenía sus razones; terriblemente dolorosas razones, para evitar mujeres que voluntariamente arriesgaban sus vidas, por deber o simplemente por la emoción del peligro. Ella lucharía como un demonio en la unidad de trauma para salvarlas, pero nunca, nunca volvería enamorarse con una otra vez.





Capítulo Dos


– ¿Vas a lamerle las botas a la maestra, Cross? – Bobby Sizemore empujó contra el brazo de Beau, una mueca no tan sutil en su cara rojiza y ancha. Una cabeza más alta, doble lo ancho, y todo músculo, cada centímetro parecía el apoyador de fútbol americano universitario que antes había sido. – Porque parece que necesitas unos puntos extra después de tu entrada esta noche. –

– Ten cortesía, Sizemore. –Beau detuvo su taza de café, el contenido caliente amenazando a derramarse sobre su mano, y mantuvo los ojos en la calle. Ali Torveau estaba protectoramente guiando a cruzar la calle la mujer con quien había salido del hospital y desapareció en la oscuridad. Por medio segundo Beau había contemplado perseguirla, quizás parafrasear su invitación para que no sonara tanto como si estaba deseando una bebida rápida y un levente de una noche. De todos modos, su modus operandi usual no parecía exactamente como la estrategia correcta para Dra. Ali Torveau. El momento que tuvo el pensamiento, lo rechazó con un sacudo mental de auto-desprecio. No la había fajado, mucho menos besado. De cualquier manera, Ali Torveau no era la clase de chica que vivía-en-el-momento, tratar-todo-una-vez que Beau prefería cuando quería compañía para una noche, que ni era tan frecuente como ella dejaba otros pensar. Cuando sí hacía una engancho, quería una mujer que corría caliente y rápido, una mujer fácil, como ella, no una cuyos ojos la disecaban con una eficiencia fría y calmada.

– Cortesía– Bobby burló. – ¿Eso es lo que llamas haciendo una jugada? –

– Educación, Hombre de Morera. Yo llamo abriendo puertas para una mujer «cortesía» … una de las muchas clases que probablemente reprobaste. – Beau sonría a Bobby. Él era su mejor amigo. Habían pasado el programa de entrenamiento de EMT juntos, conseguido sus certificaciones de paramédicos a la misma vez, y habían sido asignados al mismo equipo médico de campo en la división noreste, hasta habían trasferido a la división sudoeste para poder entrar a la nueva UST juntos. Ella pasaba más tiempo con él que con cualquier otra persona en su vida, excepto Jilly. Durante un turno de servicio, pasaban las largas horas entre llamadas jugando video juegos, discutiendo política o deportes, o simplemente leyendo periódicos y revistas en un silencio sociable. En ocasiones raras, iban a la parranda juntos. Bobby se habían dado cuenta muy rápidamente para cual equipo Beau jugaba, y aunque se burlaba de su vida sexual como lo hacía a más o menos todos los chicos, él nunca se pasaba de la raya. Cuando lo dejó saber que ella era una mujeriega, ella no se molestó a corregir su percepción. La imagen le quedaba. Una capa extra de protección nunca hizo daño.

– ¿Cómo crees?, – dijo Bobby. – Noté tu cortesía reluciente cuando llegaste tarde para la primera sesión. Buena cosa que los instructores no los están dando calificaciones. Ya estarías bien chingada. –

– No sé, – Beau dijo, cuando salieron afuera. – Creo que le caía bien. –

Bobby carcajeó.

– ¿Qué está tan chistoso? – Beau reclamó. – Sabe mi nombre. Más que sabe de ti. –

– ¿Se te olvidó tu equipo de respiración en esa última llamada? Porque claramente haz estado respirando un poquito demasiado humo si creas que estás en su lista de exitosos después de tu pequeño espectáculo esta noche. –

Se pararon en la esquina del Treinta y la Cuatro y la calle Spruce; Beau metió sus manos en los bolsillos de su chaqueta, inclinándose contra el viento. – Tarde o temprano apreciará mis encantos. –

– Te apuesto cien dólares que no podrás hacer que ella salga contigo. –

Siguiéndole la onda, Beau dijo, – defina salir. –

– Jesucristo, Cross. Una cita. Tú y ella a solas… y no algo rapidito en una sala de guardia. –

– ¡Oye! – Protestó Beau.

– Dime que no lo has hecho. –

– Bueno…– Beau inclinó la cabeza de lado a lado y dio una sonrisita. – Odio mentir a un amigo. –

– Como dije. Salir. – Sizemore agitó la cabeza con incredulidad cómica. – ¿Sí sales con mujeres a veces verdad? Quiero decir, además de solo para chi… –

– ¡Huy! No me busques. – Beau no le importaba tener una reputación… la hacía uno de los chicos, hasta cuando los chicos eran chicas. Pero ella no iba a pasarse tan lejos a pretender que mujeres solo eran para tener sexo para mantener su imagen. – Sé cómo romantizar una mujer. –

– ¿Ah sí? Demuéstralo. Si puedes. Pero apuesto que está afuera de tu alcance. –

Beau estaba de acuerdo. Ella todavía recordaba la decepción como hormigueo cuando Ali fácilmente la rechazó. Ella quería que Ali volviera a verla, y no sabía por qué. Normalmente, no quería atención. Ni de Jilly. El rechazo casual de Ali resonaba en su mente. «De ninguna manera, pero gracias de todos modos».

– Vale pues, Hombre de Morera. Una cita. Cien dólares. –

– Bien, – Bobby dijo. – Pudo usar cien extra dólares. Así que, ¿quieres ir a tomar una cerveza? –

– Quizás otro día. Quería llegar a casa. Jilly se había visto cansada recientemente.

– Vale. Te veo para el primer turno. –

– Hasta mañana. – Beau caminó al oeste, inclinándose contra el viento cortante. Había aceptado la apuesta de Bobby porque le daría una excusa a volver a hablar con Ali, pero sabía que acababa de hacer una apuesta de tonto. Ali Torveau no iba salir con ella. Ella había entendido la evaluación en la vista penetrante de la cirujana… Ali la consideró una mujeriega o una pasa ratos total, y no estaba interesada. Beau no podía quejarse. Se había vuelto experta en ocultar quien verdaderamente era, que ni ella estaba segura quien era. Solo el dolor hueco que nunca se iba ido era familiar.

* * *

Ali caminó la distancia de veinticinco minutos del hospital en la calle South Street Bridge, a su vivienda adosada en St. James Place en menos de veinte minutos. Su pecho quemaba con el aire frío nocturno pero su sangre palpitaba caliente contra su piel. Vigorizada, se dejó entrar al vestíbulo y recogió su correo. La vivienda adosada había conservado sus elementos históricos, con sus techos altos de metal estampado, en los pasillos, revestimiento de madera oscura, jamba tallada sobre las puertas y ventanas, y pisos de nogal pulido. Una puerta ancha de seis panales en la izquierda conducía a su apartamento y directamente adelante, un pasillo corto conducía a una escalera ancha que llevaba al apartamento de su inquilino en el tercer piso. Entró a su apartamento de dos niveles. Después de hojear rápidamente por los cobros y correo spam, dejó caer el montón en una mesa auxiliar y siguió el olor de pollo, y tarta de manzana por el pasillo hacia la cocina. Dos platos cubiertos en toallas pequeñas coloridas estaban situados en una isla de cocina central hecha de pizarra gris. Pasó la mano sobre ellos. Todavía tibios. Ralph siempre parecía saber cuando ella estaba en regresó a casa, hasta cuando estaba tres horas más tarde de lo que había planeado. El Littorai reposaba cerrado en el botellero sobre la encimera donde lo había dejado en la mañana. Se fijó en el reloj.

Casi las diez p.m. El vino no era algo de rapidez y se podía esperar otra noche. Sin embargo, sí iba comer algo el momento que terminaba con sus deberes nocturnas. Volvió por el pasillo, agarró una cazadora forrada de lana y fue al vestíbulo. Subió las escaleras al tercer piso y tocó la puerta.

– ¿Ralph? Es Ali. –

La puerta abrió y un señor de pelo blanco y edad indeterminada, su cara arrugada un estudio fascinante de ángulos y planos, le dio una mirada fija y severa. – Otra vez estás tarde. –

– Ya sé. Perdón. Me detuve… –

– Estos días parece que te detienes más que antes. – Los ojos oscuros marrones de Ralph Mateo la examinaron de pies a cabeza críticamente. – Estás demasiada flaca. –

Ali rio. – ¿Cómo lo puedes ver? Estoy usado una chaqueta. Y, además, no estoy. –

– Trabajas demasiado. –

– Has estado diciendo eso por los últimos ocho años, Ralph. –

– Y ha sido cierto por todo ese tiempo. – Sacó una correa y un buldog gordo salió tiesamente al pasillo y acarició la pierna de Ali. – Demasiado trabajo. No suficiente comida. Nada de diversión. Eso es una receta para una vida de remordimiento. –

– Gracias por preocuparte, pero no tienes que. – Ali se agachó para rascar atrás de los oídos del buldog. – Ven, Víctor. Vamos a correr alrededor de la cuadra. –

– No necesito que lo saquen por mucho tiempo. Cómete tu cena antes de que se enfríe, – Ralph gritó cuando Ali llevó el perro, que estaba resollando mientras bajaban las escaleras.

Víctor no mostró mucho interés en estar afuera en el frio, el instante que orinó sobre la farola, arrastró a Ali con rapidez sorprendente hacia a la escalera ancha de piedra de su edificio. Ali lo metió en su hogar mientras ella cenaba la comida que Ralph le había traído. Víctor se acostó en la cama de perro que ella le tenía en un rincón de la cocina, mirándola lúgubremente mientras ella comía en la barra de desayuno hecha de madera gruesa. La rutina era familiar. En noches cuando no era la médica de guardia, Ralph cocinaba y en turno, ella le cobraba menos renta y ayudaba cuidar del perro. Era un arreglo que funcionaba bien para ambos, pero su trato era más que conveniencia mutual. Víctor y Ralph eran familia.

Ella raramente veía su familia biológica. Sus padres se habían jubilado a una comunidad cerrada en California donde podían jugar golf el año entero. Su hermano, quien compartía los valores sociales, económicos, y políticos de sus padres, vivía cerca de ellos. Ella no tenía mucho en común con ninguno de ellos y no se había sentido como parte de sus vidas desde que tenía veinte. Su trabajo, su amistad con Wynter, y su hogar con Ralph y Víctor le daba toda la satisfacción que necesitaba.

Víctor resopló como si estaba leyendo su mente y no estaba de acuerdo.

– Bien, – ella murmuró mientras recogió la corteza hojaldrada y manzanas agrias con su tenedor. – Sí pienso en ello de vez en cuando. – Apuntó a Víctor con el tenedor. – Pero sexo es un placer breve. Y casi nunca vale la pena. –

Ali quitó los ojos de la mirada sin parpadear del perro, a los cuadros de noche negra afuera de su ventana. Ella sabía exactamente cuando había cerrado su corazón, pero no podía recordar cuando había parado de desear la intimidad transitoria de sexo. La ocurrencia con Heather había sido hace seis… no… diez meses. Encuentros casuales no eran su tipo de cosa, y nunca había dormido con una mujer que no había visto socialmente por un rato. Pero cuando dos adultos estaban atraídos unos a otros, unas cuantas semanas saliendo usualmente progresaba a sexo, y eso ocurrió con ella y Heather. Pero de alguna manera, lo que debería señalar una profundización de la relación, para ella causaba el fin. Eso era el patrón.

Ali empujó las pequeñas copas de corteza mantecosas, todo lo que quedaba de la tarta de manzana que Ralph había hecho en casa, en una línea derecha cruzando el centro de su plato. Para ser honesta con sí misma, sí extrañaba sexo. Lo que no extrañaba era la ansiedad inevitable que seguía, la sensación sofocante de alguien acercándose demasiado hasta que quería correr. Y sí corría, hasta que paraba de ponerse en esas clases de situaciones.

Quizás debería tratar algo diferente. Quizás sí debería tratar algo casual.

La sonrisa arrogante y ojos sexy de Beau Cross inmediatamente saltaron a la mente. Ella no dudaba ni por un segundo que la oferta de Beau para una bebida hubiera sido seguida por una invitación a cama. ¿Eso no fuera tan malo verdad? La mujer era pecado encardada… joven, cuerpo duro, boca hermosa, manos anchas, fuertes. Ali tembló cuando la imagen se volvió a sensación. Piel húmeda, ardiente sobre la de ella, un grito de satisfacción, el latido salvaje de otro corazón en la oscuridad.

Abruptamente, Ali se puso de pies y llevó sus trastes al fregadero. Beau Cross era una encantadora que sin duda pensaba que era un don divino igual que inmortal. Era un corazón a punto de quebrarse, y Ali quería absolutamente nada que ver con ella.

* * *

– ¿Jilly? – Beau lanzó su chaqueta sobre la respalda de un sofá azul desgastado que había estado en su familia por al menos dos generaciones. Navegó alrededor de sillas cómodas demasiadas acolchonadas y mesas auxiliarles en la sala hacia la cocina. Rodeando la mesa de madera campesina colocada debajo de las ventanas mirando hacia el patio trasero, abrió el refrigerador y buscó alrededor para una botella de Red Dog. – ¿Jilly? ¿Gustas una cerveza? –

– No gracias, – una voz suave dijo detrás de ella. – Voy a tomar vino. –

Beau inclinó la cadera, cerrando la puerta, y giró la capa de la botella. Estaba a punto de tirar la capa en la basura cuando miró la ceja levantada de su hermana e hizo un zigzagueo repentino de noventa grados y lo dejó caer en un contenedor azul marcada «reciclaje». Ojeras oscuras circulaban los ojos verdes de Jilly, y su pelo largo rizado, más rojo que marrón… lo opuesto de Beau… había perdido su brillo reluciente. Su camiseta de manga larga colgaba sueltamente de su cuerpo delgado. Había perdido peso. El pecho de Beau se apretó.

– ¿Cómo te va? – Beau trató de sonar causal mientras inclinó su botella de cerveza hacia atrás y tomó un trago largo.

– Estoy bien. Para de preocuparte. –

– Oye, no estoy… –

Jilly golpeó Beau en el hombro. – No juegas al chingón conmigo. Eres mi hermanita, ¿recuerda? Se todas tus trampas. –

– Dios, espero que no. – Beau sonrió y Jilly se rio, el brillo volviendo a sus ojos. Beau extendió un brazo alrededor de los hombros de su hermana mayor y la abrazó. Entonces descansó su mejilla contra el pelo de Jilly. – ¿Estás segura? –

– Ya te dije. Los resultados estaban bien. Era la gripe. Nada más. –

– Todavía pienso que no debes regresar al trabajo… –

– Beau, – Jilly dijo suavemente mientras caminaban juntas a la sala. – Me tarde diez años para hacer socio. En caso si no has notado, la economía está fregada. Hasta si no me gustaría mi trabajo, todavía tuviera que regresar al trabajo. –

– Ya sé, ya se. ¿Pero porque vas a ser socio y todavía trabajar veinticuatro horas, siete días a la semana? – Beau se dejó caer en el sofá y dio un palmado a su regazo. Jilly se extendió en el lado apuesto y bajó los pies en el regazo de Beau. Dio un gemido cuando Beau empezó a masajear sus pies por medio de sus calcetines peludos anaranjados.

– ¿Comiste? – Jilly preguntó.

– Agarré una hamburguesa y papas fritas en el McDonald’s del hospital. –

– Jilly agitó la cabeza. – Hay dios, te vas a matar, con la manera que comes. –

– No te preocupes, lo quemo todo. – Beau sonrío. – De un modo u otro. –

– Ya que estás viviendo aquí, ya sé que no estás teniendo aventuras tanto así. – Jilly reboto el tobillo contra el muslo de Beau. – ¿Te estoy arruinando tu estilo? –

Beau continuó tallando su pulgar sobre el plantar de Jilly. Después de un momento, dijo, – ¿Estas cansada de tenerme aquí? Cuando recibí la trasferencia al sudoeste ya sé que dije que solo iba a estar aquí por un ratito, y ya han sido tres semanas. Puedo empezar a buscar un… –

– Eso no es lo que quería decir y lo sabes. Me gusta tenerte aquí. Estoy preguntado si no traes mujeres aquí porque estamos compartiendo la casa. –

– No. Bueno, no lo haría, pero no es por causa tuya. Nomás no me siento cómoda haciendo…– Calor subió por el cuello de Beau. – ¡Chin, Jilly! ¿Podemos no hablar de mi vida sexual? –

– Ya no tienes diecinueve, Beau. Tienes veintiocho. Eres inteligente, bella, y amable… aunque no quieres que otros lo sepan. Debes de tener una novia verdadera, no solo una serie de aventuras de una noche.

Beau gimió y bajó la cabeza contra la respalda del sofá. – ¿Puedes no oírte como mamá, por favor? Además, casi tienes cuarenta. ¿Dónde está tu novia? ¿O novio, o quien sea? –

La mirada de Jilly se volvió cerrada. – No es justo. Ya sabes por qué. –

– No mames. – Beau cuidadosamente movió los pies de Jilly a un lado, se levantó, y fue a la cocina para otra cerveza. Regresó y se apoyó contra la repisa de la pequeña, limpia, chimenea. – No hay ninguna razón porque no debes tener todo en la vida que mereces. –

– Lo mismo a ti. – Jilly le dio una sonrisa tierna a Beau. – Así que, ¿cuál es tu excusa? –

Beau giró la botella en sus manos, preguntándose cómo explicar que solo se sentía viva cuando se estaba moviendo tan rápido posible… de una crisis a otra, de una mujer a otra. Si paraba, lo perdería todo. Otra vez. Consideró su hermana, su hermana valiente, fuerte y generosa que tenía mucha más razón a estar enojada con el destina de lo que Beau tenía.

– Supongo que nomás no estoy hecha para una relación. – Beau dijo en voz baja.

– Estas equivocada. Solo no has conocido la mujer que no puedes olvidar en la mañana. Cuando sí, no podrás evitarlo. – Jilly se levantó y beso la mejilla de Beau. – ¿Quieres terminar de ver Avatar? –

– Claro. – Beau siguió su hermana al piso de arriba. Jilly la conocía mejor que cualquier otra en el mundo, pero estaba equivocada de una cosa. Beau había aprendido a no contar en cualquier cosa más allá del momento. Y eso incluía el amor.





Capítulo Tres


La sirena en la estación de bomberos sonó ya cuando Beau estaba a punto de guardar su equipo de protección. La última llamada había sido para un hombre de cuarentaidós años que se desplomó mientras hacía jogging en el parque Fairmont. Ahora el emisor en la radio anunció: Camión 36, responder a un accidente de multi-vehículos en la vía de salida del Treintaitrés y la calle Spring Garden. Rápidamente volvió a ponerse los pantalones de protección, agarró su chaqueta, y corrió a la unidad médica. Bobby Sizemore la alcanzó ya cuando ella estaba metiéndose en la parte delantera; para cuando se había abrochado el cinturón, ya estaban saliendo. Cuando iban juntos a intervenciones, Bobby manejaba, ella prefería concentrarse en la escena inminente que en la logística de cómo llegar. Para ella, el trabajo se trataba de las víctimas, y eso era la única cosa de lo que quería pensar.

– Todavía ni son las ocho, – Bobby dijo mientras dejaba que el camión grande justo adelante los guiara. – Va ser uno de eso días. –

– Parece. – Una lluvia fuerte fluía de un cielo gris color acero, que señalaba la llegada de invierno. Adelante y a la derecha, una mancha negra ocultada la estructura del museo de arte a cruzar el río Schuylkill. – Hay chin. Es un incendio. –

La mandíbula de Bobby se apretó y aumentó la velocidad.

El pulso de Beau aceleró, entonces calmó cuando respiró profundo y se preparó. Incendios de vehículos eran una consecuencia temida de accidentes de multi-vehículos. Humo y llamas eran asesinos rápidos que dejaban muy poco tiempo para extraer víctimas. Muy frecuente, bomberos y personal médico de emergencias tenían que trabajar dentro y alrededor de vehículos instables, bajo la amenaza eminente de explosión. Eran esos momentos cuando cada decisión contaba y no había una segunda oportunidad. Eran los momentos que Beau se sentía lo más viva.

Bobby colocó el vehículo en tándem con el camión ya estacionado diagonalmente cruzando la calle tortuosa de dos carriles que rodeaba el río. Juntos, los vehículos obstruían la escena del tráfico y protegían los bomberos durante la operación de rescate. Un enjambre de bomberos estiraba mangueras y equipo del carro. El comandante de incidentes se paró al lado del carro con una radio en su mano, dando un reportaje en vivo. Un SUV rojo con nubes negras aceitosas saliendo por debajo del cofre estaba acostado de lado en medio de la calle. Beau hecho un vistazo al camino adyacente de la autopista de arbustos aplastados y hierba rota que llevaba a la orilla del río; la parte trasera de un hatchback sobresalía del dique.

– Hay otro carro en el agua, – le dijo a Bobby. – Yo lo ayudo. Fíjate en el que está en la calle. –

– No te olvides tu salvavidas, – Bobby dijo entre dientes.

– Sí, amorcito. – Beau brincó del carro y desatrancó la parte trasera. Agarró su caja de herramientas, agarró un salvavidas, y corrió sobre la tierra destrozada al segundo vehículo. La parte de enfrente ya estaba inundada hasta los parabrisas. De lo que podía ver desde la ribera, el asiente trasero del hatchback de cuatro puertas estaba vacío. La conductora estaba caída contra una bolsa de aire media desinflada. Podía haber un pasajero en el asiento delantero, pero la bolsa del aire en ese lado no se había desplegado. Ella prendió su radio.

– CI, es Cross. Un vehículo sumergido parcialmente e inundado rápidamente. Una víctima confirmada en el lado del conductor delantera, posiblemente otra en el lado pasajero. Necesitamos líneas de conexión ya. –

– Cross, este es Comandante de Incidentes confirmando que necesitas líneas de conexión. Una víctima, lado de conductor. Posiblemente otra víctima lado pasajero delantero. –

Protocolo dictaba que se esperara hasta que el vehículo estuviera seguro antes de acercarse, pero en los escasos segundos que tuvo para as evaluar la situación, el carro se había resbalado unos cuantos más centímetros adentro del agua. Cualquier minuto podía salir de equilibro e inundarse completamente. Beau se arrancó la chaqueta de trabajo y pantalones de bombero, el material pesado y resistente al calor era peor que inútil en una situación de socorrismo acuático. Lluvia fría y viento glacial golpeó su camiseta de uniforme de manga larga alrededor de su cuerpo como una bandera en una asta. Preparándose para el shock de agua casi frígida, vadeó dentro del río hacia la puerta del conductor mientras estiraba el salvavidas sobre su camiseta. Golpeó las tiras de velcro hacia abajo para sujetar el salvavidas mientras agua frígida subía hasta su cintura. Un vistazo rápido al asiento de atrás confirmó que estaba vacío. Moviéndose por agua que llegaba hasta su pecho, tiró de la puerta de conductor mientras miraba dentro al compartimento del pasajero delantero. Una mujer cuyo cabello largo rubio estaba empapado densamente con sangre estaba tirada sobre el volante, su cara ocultada por la bolsa de aire. Beau apenas podía ver un niño inmóvil de unos seis años mantenido recto con el cinturón en el lado pasajero. Juzgando por el nivel del agua marrón lodosa dentro del carro, el niño estaría sumergido si el vehículo se resbalaba un poco más. Beau tocó el radio en su hombro.

– Este es Cross. Tenemos una segunda víctima… un niño inconsciente en el compartimiento del pasajero delantero. –

La puerta del conductor no abría. Beau apoyó su pierna contra le lado del vehículo y tiró más fuerte. Brazos y espalda estirando, mantuvo la presión sin éxito. Cambió a la puerta trasera donde el agua todavía no había llegado al nivel de la ventana, y rezó que no estuviera atrancada. Un tiro fuerte lo abrió y ella se inclinó hacia adentro, rápidamente sintiendo para el pulso de la mujer. Instable y débil, pero presente. Oyó gritos desde la ribera, pero no se molestó a mirar hacia atrás, sabiendo que otros bomberos iban a conectar cables a la parte trasera del vehículo. El agua había llegado al cuello del niño. Ella delicadamente salió del carro. Agua giró alrededor de sus hombros y sus botas se resbalaron en piedras sueltas y lodo, se agarró del techo para no sumergirse.

– ¡Tírame un collar cervical! – gritó. Empujando contra la corriente, Beau caminó laborosamente unos cuantos metros hacia la ribera y atrapó el collar ancho acolchonado que volaba por el aire hacia ella. Con su espalda contra el vehículo para mantener el balance, caminó hacia la puerta abierta trasera y sujetó desde atrás, el apoyo alrededor del cuello de la mujer. Necesitaba que llegar al niño, pero no podía irse alrededor del enfrente del vehículo sumergido. Si trataba de volver a la orilla y vadear del otro lado del carro, iba perder tiempo precioso. Estaba ralentizando, sus piernas estaban insensibilizados del frio penetrante, y sus dedos tampoco no estaban funcionando bien. Si ella estaba tan impedida bien pronto, ambas víctimas seguramente ya tenían hipotermia severa.

– ¿Ya puestas las puestas las líneas? – ella gritó.

– A punto de levantar, – un bombero respondió.

– Me voy a meter. –

– Danos otro minuto. –

– No es posible, – ella llamó y se metió hasta adentro del asiento trasero, esperando que su peso adicional no los arrojara bajo la superficie del río.

* * *

Ali suturó la línea subclavia en la piel debajo de la clavícula de la víctima adolescente de disparo, y sujetó un vendaje estéril. Se aseguró que sangre estuviera fluyendo por el catéter intravenoso de gran diámetro y miró a los monitores. Pulso y presión arterial estables. Niveles excelentes de oxígeno. Él había tenido suerte. Una bala fracturó su cráneo, pero no penetró el cerebro, otra pasó por su muslo sin romper algo vital. Viviría para luchar otro día.

– Bien, – Ali les dijo a los enfermeros esperando en la unidad de cuidados intensivos de trauma. – Lo pueden llevar para una exploración por TAC, entonces a la unidad. Les diré a los neurocirujanos donde encontrarlo cuando lleguen. –

– Gracias, Ali. – el varón del equipo dijo mientras él y la enfermera empujaban la camilla hacia las puertas correderas dobles de vidrio de la admisión de trauma.

Ali se quitó los guantes, desató su bata de papel impermeable, y tiró todo en la basura. Había ido de una alerta de traumatismo a otra desde que había empezado su turno a las 7:00 a.m. Considerando que solo era viernes por la mañana y que iba estar de guardia hasta sábado a las 8:00 a.m., e iba ser el respaldo el domingo, el fin de semana iba ser muy largo. Se sentó en el mostrador angosto que corría por la pared, y rápidamente completó la forma de admisión de trauma mientras el dependiente de unidad agrupaba la ficha del paciente.

– ¿Vas hacer algo especial el jueves? – Tony Chang, el otro miembro de trauma con señoría como Wynter Thompson, inquirió.

– Estoy de guardia. – Ali había ofrecido a trabajar el Día de Acción de Gracias, como lo hacía para casi todos los días festivos. No veía el punto de pasar el día en casa cuando una de sus colegas lo podía pasar con su familia. Ella estaría completamente feliz a comer sobras el próximo día con Ralph y Víctor. – ¿Y tú? –

– Voy a ir a la casa de los padres de mi novia en Manhattan. –

– Que bien. – Ali le dio un montón de papeles al dependiente de unidad, notando que la mujer joven, pálida, cuyo cabello negro erizado estaba teñido con franjas aleatorias de morado vibrante, tenía una perforación nueva en la orilla de su ceja derecha. A lo menos, Ali creía que era nueva. Posiblemente no la había notado entre la variedad impresionante de metal que adornaba el rostro de la muchacha. Distraídamente, Ali se preguntó cómo diablos podía besar alguien sin infligir daño a sí misma o a su pareja. – Aquí está, Trish. –

– Gracias, Dra. T. Voy pa’ un café. ¿Gusta? –

– Ajá, definitivamente. – Ali sacó un billete de diez dólares del bolsillo de su camiseta de uniforme. – Ten. Compra algo para Tony y Cass también. Yo pago para todos. –

Trish le dio una sonrisa brillante a Ali. – Eres genial. Gracias. –

– ¡Sí, Ali, eres genial! – Cassie Jones una pelirroja y enfermera veterana de trauma, estaba reposicionando uno de los carros de paradas en el lado opuesto de la sala. Pequeña y pechugona en uniforme azul claro, ella levantó cejas esculpidas y miró a Ali.

Ali puso los ojos en blanco y sonrió. – Voy ir a la unidad más adelante y… –

El teléfono principal sonó y Ali, estando más cerca, lo contestó. – Internado de trauma. Torveau. –

– Unida de rescate 19, de llegada con dos pacientes de accidente de tránsito, – una voz femenina reportó. – Hora estimada de llegada, cinco minutos. –

– Proceder, 19. – Ali garró un bolígrafo del mostrador y sacó una forma de admisión de una carpeta de archivos pegada con una tachuela a la pared enseguida del teléfono.

– Hembra blanca, aproximadamente cuarenta años de edad, impasible, hipotensa, con irregularidades cardiacas intermitentes. Segundo paciente, varón blanco de seis años con una lesión craneal cerrada. Impasible, vitales estables. Ambos severamente hipodérmicos. –

– Mándame una tira del ritmo cardiaco del adulto. – Ali dijo. – ¿Qué es el estado respiratorio de ambos? –

– Intubamos el adulto. Nivele de oxígeno a cien por ciento. Asistiendo el niño por mascarilla. Oximetría noventaisiete. –

– Bien. Estamos en espera. – Ali colgó y rápidamente rompió la tira del ritmo cardiaco enviado desde el terminal remoto, recibido mientras hablaba. Series pequeñas de taquicardia ventriculares. Tony y Cass la miraron con anticipación. – Dos van en camino. Llama el respiratorio y vuelve a contactar el neurocirujano. Los dos tienen lesiones cefálicas y están hipodérmicos. Cass, mete unos cuantos litros de salina normal in la micro y saca cobijas calientitas. –

– Entendido. –

– Tony, llama la unidad de TAC y diles que necesitan traer otro especialista. Vamos a tenerles otros dos en unos veinte minutos. –

Ali se puso la bata y estaba estirándose los guantes justo cuando las puertas se deslizaron y un paramédico en los pantalones cargos azul marinos distintivos, y camiseta polo, empujó por la puerta una camilla llevando un niño joven.

– ¿Estado? – Ali dirigió el rubio corpulento que reconoció de la sesión de UST hacia una de las tres camillas de tratamiento ajustables, ocupando el centro de la sala grande cuadrada.

– El niño está estable, – le dijo. – La PA de la madre bajó hace un minuto. –

– Tony, cuida el niño. Que los pediatras lo miren. – Ali indicó a la camilla de trauma más cercana mientras la segunda camilla entró como un rayo por la puerta. – Yo la cuidaré acá. –

– Vaya, pues, – dijo la médica guiando la camilla. – PA con pulso de sesenta. Ritmo cardíaco distante. Tiene una contusión, pero bien chingada, en el centro de su pecho. –

Ali quitó la vista del paciente por solo un segundo cuando la voz ronca la conmovió. La cara de Beau Cross estaba sonrojada y sus ojos azules bailaban con excitación. Ali se dio un momento breve para apreciar la imagen bien llamativa antes de borrar su mente de todo excepto la mujer en la camilla. Una laceración diagonal de casi trece centímetros cortaba a cruzar su frente superior derecha. Su rostro y cabello estaban cubiertos abundantemente con sangre coagulada. Laceraciones faciales y de cabellera siempre sangraba impresionantemente, pero no parecía haber suficiente pérdida sanguínea para justificar la hipotensión profunda. Un tubo ET sobresalía de su boca, conectado a un respirador portátil pequeño colocado el pie de la camilla, transportando oxigeno de un tanque verde cilíndrico. Ali corrió su estetoscopio sobre el pecho de la mujer mientras el técnico respiratorio cambió el tubo respiratorio a un respirador permanente.

– Los sonidos cardiacos están sordos. – Ali miró hacia arriba a Bea parada al pie de la cama. – ¿Diagnosis? –

– Contusión cardiaca cerrada. Posiblemente ruptura en la cavidad con taponamiento. –

– Bien dicho. Cassie, traía el ultrasonido portátil pa’ acá. –

Beau se acercó lentamente, captivado por la manera en que Ali dirigía la alerta de traumatismo múltiple con eficiencia concisa y practicada. En la división noreste donde ella había trabajado, había visto muchos cirujanos de trauma trabajando en los hospitales, muchos de ellos le habían caído bien y los respetaba. Pero nunca había visto alguien tan completamente en control como Ali Torveau. Era la calma en el centro de la tormenta y todos en su órbita parecían anclados por su confianza. Hasta Beau se sentía anclada por ella, suficiente que podía ignorar su propia incomodidad. Sus pies y sus piernas estaban tan frías que estaba teniendo dificultad manteniendo el equilibrio, pero concentrándose en Ali ayudaba bloquear el dolor. La sensación era foránea pero sorprendentemente agradable.

Con una mano Ali tomó la sonda que la enfermera de trauma le extendió y simultáneamente escurrió un chorro de gel de ultrasonido en el centro del pecho del paciente. – Cass, llama a la unidad del piso de arriba y pregunta que vengan unas cuantas enfermeras. –

– Ahora mismo. –

– Yo puedo ayudar, – dijo Beau. – Solo dime lo que necesitas. –

Ali levantó la vista, asintió con la cabeza una vez, e indicó con la barbilla hacia un paquete cerrado de instrumentos en una bandeja adyacente. – Ábrelo y prepara su pecho. La voy a vendar. –

– Bien. – Beau lentamente dobló las alas del paquete hacia atrás y miró alrededor para guantes. Encontró un par de ochos y, a pesar de la tiesura en sus manos, pudo ponérselos. Abrió los paquetes de Betadine dentro de la bandeja. – ¿Está bien si prosigo? –

– Sí. – Ali conectó el trocar que medida 16 a una jeringa de 50cc. La alarma en el ECG sonó. El registro del paciente fluctuó con latidos ectópicos. Su presión arterial cayó a 40. – Es tiempo. Déjame trabajar. –

Como la única cosa que Beau podía hacer era quitarse de en medio, dividió su atención entre estudiando lo que Ali estaba haciendo y echando vistazos rápidos al rostro de Ali. Los ojos oscuros de Ali sobre su cubrebocas estaban inmensamente enfocados y firmes. Se vía totalmente calmada y totalmente en control. Beau encontró que estaba conteniendo la respiración mientras Ali guiaba la aguja debajo el esternón del paciente y dentro del pecho, haciendo la jeringa hacia atrás mientras empujaba el trocar hacia el corazón. Beau tuvo que acordarse a tragar aire y exhalar. Estaba sintiéndose mareada. Tensión revolvió su estómago en un nudo. Probablemente necesitaba sentarse y recuperar el aliento, pero no podía irse. Quizás Ali la necesitaría.

– Vigila el ECG. – Ali dijo sin quitar los ojos del tórax del paciente. – Si el ritmo empeora, dime. –

– Hecho. – Beau cambió su enfoque al monitor ECG, casi temiendo parpadear por perder algo. Oyó voces atrás de ella, entonces una mujer se movió más cerca de ella.

– ¿Qué tenemos? –

– Taponamiento cardíaco. – Ali dijo. – ¿Quieres asumir cargo? –

– Pos’ claro. –

Beau reconoció la mujer embarazada que había visto con Ali la noche antes y retrocedió más. Ali Torveau ya no necesitaba su ayuda, y no tenía excusa para quedarse. Su trabajo era estabilizar las víctimas del campo y traerlos a la unidad de trauma. Ella y Bobby necesitaban regresar a base y restablecer su auto para que estuvieran listos para la próxima llamada. Sin embargo, esta mañana no tenía prisa para irse. Quería ver Ali Torveau trabajar, pero su mareo estaba empeorando. Con la prisa de estabilizar el paciente, no había registrado mucho más. Tenía frío. Mucho fría. Miró alrededor para su socio.

Bobby estaba apoyado contra el mostrador, escribiendo notas en su apunte de campo para la gráfica del paciente. El niño que ella había sacado del carro justo cuando el agua lodosa había alcanzado su barbilla era invisible detrás de un anillo de emergencia personal.

– ¿Cómo está? – dijo, preguntándose si su voz sonaba igual de lento a Bobby.

– Estable. ¿Y la tuya? –

– Posiblemente con ruptura cardíaca. – El estallido de adrenalina evaporó, y Beau tembló tan violentamente que le castañetearon los dientes. Trató de esconderlo con una risa. – Que bien que el lunes por la noche puse atención en clase. –

Bobby levantó la vista del sujetapapeles y sus ojos entrecerraron. – Por dios, Cross. Estas empapada hasta tus tetas y tus pinche labios se están haciendo azules. –

– Ajá, ajá. – Beau dijo, sintiéndose más helada cada segundo, un frío profundo hasta los huesos. – Vámonos, Hombre de Morera, vamos a recoger nuestras cosas y salir de aquí. –

– Al carajo con eso. Yo voy a recoger nuestras cosas. Agarra ropa seca antes que regresemos. Te apuesto que si tomamos tu temperatura ahorita te pusieran a ti en una camilla. – Bobby captó el brazo de un médico pasando por ahí. – Oye. ¿Hay un vestidor por aquí? Mi colega necesita un uniforme. –

– A cruzar el pasillo. Está marcado. –

– Ve. – Bobby dijo.

Beau sabía que discutiendo no ayudaría ya que Bobby había hecho una decisión. Además, no solo tenía frío. Estaba temblando, y necesitaba que ponerse las pilas antes de regresar a base. – Bien, bien. No mames. –

Afortunadamente, el vestidor estaba vacío. Uniformes estaba apiladas por tamaño en un ropero angosto, abierto, a un lado de la puerta. Desenterró un par de tamaño grande y vació las bolsas de su uniforme en una banca que corría por el centro del vestidor. Sus manos temblaron casi demasiado para desbotonarse los pocos botones en su blusa, pero al fin se lo quitó y desgarró su camiseta empapada. El esfuerzo era suficiente para cansarla y apoyó un brazo contra los casilleros mientras recuperaba el aliento. Cristo, pero estaba mareada. Como si nada, sus piernas pararon de funcionar, y sintió que se estaba cayendo.





Capítulo Cuatro


– Buen trabajo, Dra. – Ali dijo mientras Wynter aspiraba sangre alrededor del corazón del paciente. – La presión arterial está subiendo. El ECG también se ve bien. –

– Gracias. – Wynter, su satisfacción evidente en su voz, insertó un catéter delgado por el trocar y adentró del espacio pericárdico para evacuar cualquier acumulación de sangre.

– ¿Todo bien? –

Wynter se enderezó y curvó la espalda, suspirando bajo. – Estoy bien. Solo se está poniendo un poco difícil a enderezarme de la camilla, pero estoy bien. –

– Bueno, ok. Es tuya. – Ali volteó al segundo paciente en la camilla adjunta. Jeff Weinstein, el cirujano pediátrico, estaba asesando el niño con Tony. – ¿Todo bajo control? –

– Necesita calentarse y completar una evaluación neurológica. – Jeff, un hombre delgado que necesitaba afeitarse, usaba un uniforme arrugado y zapatos de tenis sin forma. Miró por ojos enrojecidos a un rayo-X en el negatoscopio en la pared. – No he encontrado nada quirúrgico. Pero parece como si lo sacaron del agua justa a tiempo. Todavía está helado y con shock. –

– Tony, – Ali dijo a un miembro de trauma, – quédate con Jeff hasta que el niño esté listo a ir a la UCI pediátrico. –

– Bien. – Tony se inclinó y murmuró consuelo en la oreja del niño. El paciente no parecía oírlo, pero nadie actualmente sabía lo que la mente inconsciente absorbía.

Satisfecha que todo estaba bajo control, Ali miró alrededor para Trish y su café muy necesario. Con suerte, quizás iba tener unos cuantos minutos para poder terminar el montón de papelero para esto, antes de empezar en el siguiente. Quería darle las gracias a Beau también, pero no la veía por ningún lado. La puñalada de decepción la sorprendió, y lo atribuyó a una oportunidad de enseñanza perdida. Su interés en la paramédica era completamente profesional. Era la instructora de la UST, y Beau estaba en su clase. Nada era mejor que formación en el empleo.

El otro paramédico todavía no se había ido, y no parecía estar contento. Estaba frunciendo el ceño al pasillo, el sujetapapeles colgando de una mano.

– ¿Hay un problema? – Ali preguntó. El güero muscular negó con la cabeza, pero los músculos brincando por la orilla de su mandíbula provocó el radar de babosadas de Ali. – ¿Qué pasa? –

– Pinche Cross, – se quejó. – Siempre jugando el chingado cowboy. –

El pecho de Ali apretó. – ¿De que hablas? ¿Dónde está? –

– El vestidor. Ya debería haber salido. Puta madre, ya sabía que no estaba bien. –

– ¿No está bien? – Ali no había notado que algo estaba mal, pero de verdad tampoco no había puesto mucha atención a Beau. La tensión en su pecho escaló a preocupación. La sensación era foránea e inquietante. No estaba acostumbrada a estar inquieta por cualquier clase de crisis. – Está herida? –

– No parecía estar muy estable; estuvo en el agua por mucho tiempo. –

– Quédate aquí, – Ali dijo bruscamente, su voz baja. – Voy a fijarme. – Ali confirmó que ambos pacientes estaban estables, entonces se apuró a cruzar el pasillo hacia el vestidor. Se paró en seco justo adentro del cuarto, no preparada para ver a Beau, media desnuda y tirada en el piso con su espalda contra los casilleros y su cabeza entre sus rodillas. El pulso de Ali brincó y ella saltó adelante.

– ¡Cross! – Ali se hincó al lado de Beau y tocó el posterior de su cuello. Su cabello estaba mojado, su piel helada y húmeda. – Jesucristo, casi estás congelada. ¿Beau? ¿Me puedes oír? –

– Los siento. – La voz de Beau estaba lenta y mal pronunciada. Cuando trató de levantar la cabeza, se apoyó contra Ali, su mejilla contra el hombro de Ali. Sus ojos no estaban enfocados, y sus labios estaban un poco azul. – Solo… un poco mareada. –

– Mucho más que un poco, – Ali murmuró, tratando de no pensar del hecho de que estaba en el piso con Beau Cross en sus brazos. El aliento de Beau contra de cuello era cálido, en contraste con su cuerpo como hielo. Ali la cercó más, de instinto queriendo calentarla, y los labios de Beau rozaron contra su cuello. Ignorando el alboroto en su estómago, Ali descansó las yemas de sus dedos contra la garganta de Beau. El pulso apenas era palpable, su cuerpo tieso. Estaba helada pero no estaba temblando. Tenía demasiado frío para temblar. Un frío peligroso. Ali frotó su palma sobre la espalda de Beau, subiendo y bajando. – Necesitamos calentarte. –

– Nomás dame un minuto, – Beau dijo.

Se veía y sonaba letárgica. Nada como la mujer súper intensa que Ali había conocido a los principios de la semana.

– ¿Entonces qué? – Ali preguntó. – ¿Vas a montar tu caballo blanco y salir de aquí? – Ali agitó su cabeza. Poli y bomberos. Por favor, alguien rescátela de cowboys urbanos. Colocó un brazo alrededor de los hombros de Beau y agarró la cintura de los pantalones de Beau con la otra. El material estaba empapado. – Ven, vamos a ponerte de pie. Pon tus brazos alrededor de mi cintura. –

Beau envolvió un brazo alrededor de la cintura de Ali y Ali se enderezó, estirando a Beau con ella. Beau osciló insegura, apoyándose contra Ali y descansando su frente contra el hombro de Ali. Ali no podía más registrar el tacto de los pechos de Beau contra su pecho y se sintió caliente cuando sus pezones se apretaron. Su cuerpo le gustó el tacto… bastante… pero en su mente sonó con una campana de alarma tan fuerte que sus orejas le dolieron. Agarrando los hombros de Beau, con suavidad la empujó. – Necesitas una camisa y pantalones secos. Desabróchalos. –

– Gracias, lo siento de todo esto, – Beau dijo, dedos torpes con su zíper. – Dedos no funcionan. –

Ali bajó la vista involuntariamente, y con fervor deseó que no lo había hecho. Había visto cienes, miles, de cuerpos desnudos, y aunque podía apreciar lo estético de una forma particularmente bella, su apreció siempre había sido distante e impersonal. Su reacción a Beau Cross era cualquier cosa menos impersonal. Beau tenía un cuerpo increíble… piel dorada extendida sobre músculos bien formados, el cuerpo duro suavizado por la subida exquisita de pechos ovulados. Huecos elegantes oscurecía lo de adentro de su cadera. Podía haber sido material para un artista de modelos sino por las cicatrices dispersas por su pecho y que bisecaban su abdomen, largo y delgado, justo debajo de su esternón hasta su obligo pequeño. En la experiencia de Ali, cicatrices no eran nada nuevo, pero su estómago se apretó al evaluar estos. Suponía una herida de bala, pero ignorando la causa, Beau alguna vez había sido herida, gravemente, y la idea de ella estado herida angustió Ali más de lo que podía haber imaginado. Trató de no hacer un ruido, pero el gemido en su aliento estaba fuerte en el vestidor silencioso.

Beau clavó la mirada en los ojos de Ali. Sus pupilas estaban claras ahora, los irises azul-marinos una tormenta gris. – Nadie sabe. –

– Nunca lo aprenderán de mí, – Ali susurró. Arrastró la mirada de Beau y volvió mirar hacia abajo. Desabrochó los pantalones de Beau, con tanto cuidado a no tocar su piel, pero el dorso de sus dedos inadvertidamente rozó contra el abdomen de Beau. Cuando Beau mantuvo el aliento y su estómago estremeció, Ali batalló a encontrar le lugar dentro de sí misma que la permitía ponerle importancia… pero mantenerse inafectada… de la tragedia de alguien más. La lucha era más difícil de lo que debería haber sido, especialmente cuando quería rozar las puntas de sus dedos a lo largo de la cresta gruesa del tejido cicatrizado, como si eso podía borrarlo u cualquier memoria dolorosa que lo había causado.

Estiró el zíper y tuvo que morder su labio cuando el estómago de Beau volvió a tensar, la cicatriz vertical apretándose entre cuadros precisos de músculo duro. Hasta el daño no podía disminuir su belleza pura. Delicadamente, Ali bajó el zíper de Beau, teniendo cuidado a no volver a tocarla. Entonces recogió de la banca la camisa de uniforme. No miró a Beau cuando se lo ofreció. – Ponte esto, y quítate esos pantalones. Quiero que te vayas a la sala de tratamiento enseguida. –

– Estoy bien. Solo me puse un poco… –

– Córtalo. Quiero examinarte, y si me das picones, me voy a poner en el teléfono y llamar tu estación de bomberos. –

– Jesucristo, no hagas eso. Me van a detener. – Beau sonaba aterrada. – Necesito volver a trabajar. –

– Entonces necesito asegurarme que estás bien, ¿verdad? De todos modos, hay vidas en juego. – Ali no agregó hasta si no te importa de la tuya, porque sabía que no importaba. Beau obviamente tenía un complejo de héroe, y aunque sin duda era una mujer valiente, también era imprudente. No sabía el significado del margen de seguridad. Su cuerpo maltrecho atestaba de ello. Tanto como Sammy que dolía a mirarla. Ali se fue. – Estaré ahí en un minuto. –

– Ali, mira… – Ali no se quedó para oír las excusas. Ya las había oído todas antes.

– Chin, chin, chin. – Beau arrancó a camisa de uniforme sobre su cabeza y bajó los pantalones. Tuvo que sentarse para quitárselos. Todavía estaba temblando. Mierda. Odiaba que alguien la había visto así, frágil y vulnerable. Pero esa Ali, la mujer que quería impresionar, que la había visto muy débil era humillante. Y Ali había visto todo. Todo lo que había tratado tanto a ocultar. Hecho un vistazo a la puerta cerrada del vestidor. Podía salirse y estar en el camión antes de que alguien supiera que se había ido. Si Bobby no estaba esperándola afuera, el maldito podía encontrar alguien que lo llevara a la estación de bomberos. Probablemente era el que mandó Ali a buscarla. Hasta era posible que él dirigió Ali hacia ella apropósito, para tratar de provocar su apuesto estúpido.

Beau ató los pantalones de uniforme, dedos temblando tanto que tuve que intentarlo tres veces. Estaba chingada. Ay dios, Ali casi tuvo que desvestirla. Había estado tan cerca de avergonzarse cuando Ali desbotonó sus pantalones. Sus piernas se habían puesto tan débiles y ya mero se había caído. Pero eso no significaba algo. Su cuerpo no estaba funcionando bien, eso es todo. El temblor en sus muslos y la ola de calor en el fondo de su estómago, cuando lo demás de ella estaba tan frío, tenía nada que ver con la imagen de la cabeza de Ali inclinada hacia abajo, hilos de cabello oscuro acariciando sus mejillas, mientras abría con mucho cuidado, el zíper de Beau. El abdomen de Beau volvió apretarse, imaginando el tacto de labios, la caricia de dedos, sobre su piel. Un hilo de placer susurró por ella de nuevo, y Beau maldijo. Solo necesitaba un poco de tiempo para agarrar la onda. Consideró sus opciones.

Si se iba sin alta, era posible que Ali llamaría la estación de bomberos, pero también, quizás no. Ali sabía que era una profesional cualificada. Probablemente le daría el beneficio de la duda y confiara en su opinión. Quizás. O quizás no. Ali Torveau obviamente jugaba por las reglas, y Beau no había visto nada que indicaba que Ali dejaría que alguien las doblara. De todos modos, Beau no le importaba apostar contra las expectativas. Lo había estado haciendo toda su vida. Así que Ali iba estar picada. Ali no era la primera mujer a estar picada con Beau por no hacer lo que ella quería. No tomaba ordenes bien. Le gustaba vivir en el margen donde teniendo huevos y poder propio era todo lo que importaba.

Beau amontonó su ropa mojada y metió sus pies descalzados en sus botas. Cuando se levantó su vista estaba borrosa por solo un segundo, pero rápidamente parpadeó lo nublado a claro. Llegó hasta la puerta antes de recordar como el brazo de Ali se había sentido alrededor de su cuerpo, fuerte y tierno como solo el abrazo de una mujer podía sentirse. El cuerpo de Ali contra el suyo la había calentado, más profundo que solo piel y hueso. Ali había tenido cuidado con ella. Beau no había dejado que alguien la acariciara en mucho, mucho tiempo, no lo había deseado. Su debilidad ya había costado demasiado. Beau apretó la manilla. Sabía que estaba haciendo un error, pero no podía detenerse.

* * *

Ali pausó afuera del vestidor, resistiendo el deseo de poner su palma contra su cara. No se sentía como sí misma, y quería estar segura que nada era visible antes de regresar a la sala de trauma. ¿Qué de Beau Cross la sacaba tanto de onda? De seguro, Cross era atractiva. Más que atractiva. Hermosísima. Sexy. Bien… no había punto en luchando contra lo obvio. Pero en treinta y más años, Ali había visto muchas mujeres sexys. Sin embargo, no tantas igual de arrogante e irritante como Beau Cross. Solo tenía que recordar la parte de arrogante e irritante y estaría bien. Pero dios, se había visto tan pinche sola acurrucada en el piso.

Ali se enfocó en lo que tenía que hacer. Lo que sentía se podía esperar. Los dos pacientes estaban estables. Los enfermeros de trauma estaban preparando a llevar la madre para hacerle una exploración por TAC. Jeff Weinstein y Tony estaban discutiendo con un cirujano miembro. El niño joven, cubierto en cobijas calientes, parecía estar a punto de despertar. El paramédico Sizemore, Ali recordaba de su tarjeta identificativa, se había ido.

– Trish, – Ali dijo, recogiendo dos tazas de café de la bandeja de cartón que Trish había puesto en el mostrador, – me voy a robar uno de estos. Dile a Tony que le debo uno. –

– Sí, como guste. – Trish ni se molestó a levantar la vista de las formas sueltas, fichas asesorías e informes de laboratorio, que estaba juntando con eficiencia practicada.

– Regresaré en dos. –

Trish paró lo que estaba haciendo y levantó una ceja a Ali. – ¿Tenemos otro paciente del que no se? –

– No oficial. –

– Que chido. – Trish sorbió una mezcla estilo chocolate de caramelo con crema batida, que Ali dudaba que tenía ni un poco de café, y volvió a lo que estaba haciendo.

Ali llevó el café al pasillo y vaciló ante la cortina cerrada en la sala de tratamiento. Mentalmente consideró la probabilidad, apostando contra sí misma que Beau no estaría adentro. Circuló alrededor de la cortina y encontró que había perdido. Beau estaba sentada en la orilla de la camilla, apretando los lados con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos.

– Estás bien? – Ali preguntó.

– Sí, – Beau dijo, sudor goteando en sus ojos. Había estado como hielo unos minutos antes. Ahora su corazón estaba corriendo y su pecho estaba ardiendo, sabía lo que estaba sucediendo. Quería salir afuera de ese espacio aséptico, impersonal donde ella era nada. Nadie. Indefensa y débil.

Ali colocó el café en un carrito médico de acedo inoxidable y abrió el cajón superior. Extrayendo un termómetro digital, lo apuntó hacia la boca de Beau. – Abre. –

Beau hizo un gesto, pero obedeció. Ali detuvo el termómetro en su lugar con una mano, las puntas de sus dedos milímetros de la boca de Beau. Los labios de Beau ya no estaba azules. Estaban un color rojo sangriento, un poco hinchados, llenos y sensuales. Rápidamente, Ali dirigió la vista a la pantalla digital y miró sin parpadear a los números pequeños. Cuando el monitor sonó, frunció a Beau.

– 35.11 – Rápidamente, puso el termómetro hacia un lado y envolvió un esfigmomanómetro alrededor del bíceps de Beau, tratando de no notar el bulto de musculó duro o el caduceo pequeño tatuado en su deltoides. – Setenta sobre cuarenta. Deberías haber estado en una de esas camillas, no ayudándome. –

Ali sabía que sonaba enojada. Estaba enojada. Beau estaba sufriendo de exposición y un grado de hipotermia que fácilmente podía haber causado irregularidades cardiacas y compromiso vascular. Se podía haber desmayado en el vestidor. Podía haber sido algo peor. Ali estaba enojada con si misma por no haber notado la condición de Beau, por no haber apreciado que uno del personal de emergencias había sido comprometido.

Beau sacó la barbilla. No necesitaba una lectura, seguro como el infierno no iba dejar que alguien más delimitar su trabajo o sus límites. Especialmente no Ali Torveau. – Por si acaso si no notaste, yo tenía otros cosos de que pensar. –

– Estás equivocada, Bombera Cross. Tus responsabilidades terminaron cuando pasaste por las puertas de mi sala de trauma. Tenías nada de que pensar menos asegurándote que no estabas afectada. –

Beau brincó de la camilla, terminando tan cerca de Ali que casi estaban nariz a nariz. – No solo soy una carga camillas. –

Ali pensó que casi podía ver las chispas saltar de los ojos de Beau. La mujer tenía ojos increíbles. También tenía un ego increíble a ir con ellos. – Ya se eso. Pero peligro imprudente, hasta cuando es tu vida, no es aceptable en mi unidad. –

– ¿Y todos siempre siguen tus ordenes, Dra. Torveau? – Beau susurró, esos labios bellos curvándose en una sonrisa burlona.

– Aquí sí. – Ali se negó a quitar la vista, hasta cuando la nota susurrada en la voz de Beau causó una onda de calor en su estómago. Mantuvo la mirada de Beau un poco más, solo a mostrar que no estaba afectada por la atracción de Beau. Entonces volteó intencionalmente a un lado a recoger uno de los contenedores que había puesto en el carrito. – Ten. Café caliente. Tómatelo. –

Beau la consideró sin oscilar, sonrisa sin vacilar. – ¿Es otra orden? –

Ali ruborizó. – Sí. –

– Bien. – Beau dejó que sus dedos tocaran los de Ali cuando aceptó la taza.

– Te voy a dejar ganar esta ronda. –

– No es un concurso. – Ali tomó un paso atrás. – Debes usar una regadera caliente antes de volver a salir. Usa el que está en el vestidor. –

Beau sobró el café, cautivada por el aroma delicado de rosas secas subiendo de la base de la garganta de Ali. Jesucristo, Torveau era sexy. Beau podía imaginarse los senos de Ali pintados un tono similar mientras se acercaba a un orgasmo, casi podía probar su sabor único. Su garganta se secó. – Pudiera usar tu asistencia esta vez. –

Ali resopló. – Gracias, pero ni a palos. –

– Uno de estos días vas a decir que sí. –

– No, – Ali dijo en voz baja, – No voy. –

– ¿Y nunca estás equivocada, Dra. Torveau? –

– Sí, – Ali respondió, empujando la cortina a un lado, – pero no de esto. Caliéntate. Y ten cuidado afuera. –





Capítulo Cinco


Beau subió al camión, y se abrochó el cinturón mientras Bobby salió del estacionamiento de la unidad de emergencias. Manejaron en silencio por unos cuantos minutos.

– ¿Estas encabronada? –

– No. –

– Tuviste éxito? –

– Todavía no. – Beau volvió a pensar en Ali entrando en el vestidor, ayudándola pararse, deteniéndola. Su defensa había estado abajo, y Ali se había cercado más que la mayoría de mujeres con quien se había acostado. Aunque su mente sabía que la escena entera había sido completamente profesional, su cuerpo tenía otras ideas. La imagen de Ali abriendo sus pantalones la excitó y maldijo en silencio. La última cosa que quería era ponerse cachonda todo el día en una estación llena de bomberos. No era como si de repente podía desaparecer para quitarse las ganas, aunque como estaba pulsando probablemente no iba necesitar más que unas cuantas frotaciones bien hechas. No podía recordar la última vez que solo estando alrededor de una mujer la sacaba tanto de onda. Caramba, haciendo una mujer llegar no la excitaba tanto como esto. Carajo.

– ¿Qué? – Bobby preguntó.

– ¿Qué, de qué? – Estaba nerviosa e irritada, y pinche madre, no le gustaba.

– Carajo. Dijiste carajo. –

– A la próxima que tengas el deseo de ser maternal, ponte freno, ¿entiendes? –

– Sí, sí. – Bobby llegó a la estación entre las calles Sexagésimo y Woodland en el oeste de Filadelfia. – ¿Te sientes bien? –

Beau le dio una mirada fija. – ¿Qué sigue? ¿Quieres tener mis bebés? Estoy bien. Ay por dios. –

– ¿Cómo piensas que eso funcionaría? ¿De los bebés? Yo digo, ¿tú tuvieras que chingarme o… – Bobby empezó a reír y brincó del vehículo antes de que el puño de Beau podía golpearle el hombro. – Carajo, estás pero bien perra. Probablemente te cortó fuerte. Vas a querer pagar ahora, porque ya sabes que vas a perder. –

– Dame dos semanas, – Beau dijo con más confianza que sentía. No podía pensar en porque Ali Torveau quisiera salir con ella, pero no podía forzarse a tirar la toalla. No cuando su cuerpo todavía vibraba con el tacto inocente de los dedos de Ali sobre su piel.

* * *

– Veo que la buenota total regresó, – Wynter dijo al juntarse con Ali en la sala de personal pequeña al fin del pasillo del área de la unidad de trauma. Se dejó caer en el sofá marrillo color mostaza, levantando los pies, acostándose hacia atrás con un gemido.

– ¿Y quién sería esa? – Ali dijo, portándose como si estaba absorbida en la revista Journal of Trauma que había estado mirando por los últimos diez minutos sin registra ni una palabra.

– Bueno, supongo que si estaba completamente volteada el güero podía ser una opción, pero no es a mis gustos, eso deja la súper buenota con ojos azules. –

– ¿Buenota? ¿De verdad que usaste la palabra «buenota»? – Ali no quería tener esta conversación. No necesitaba más recuerdos de que tan atractiva Beau era. – ¿Cuántos años tenemos, quince? –

Wynter sonrío avergonzada. – ¿Que puedo decir? Hormonas. Mi cuerpo quiere cosas que ya no es capaz de hacer. Está horrible. Pobrecita Pearce. Un minuto soy una perra solo porque ella está respirando con fuerza en la cama, y el otro estoy demandando que me haga llegar inmediatamente, sin que diga pío. –

Ali rio. – Apuesto que no se está quejando. –

– Probablemente no se atreve. – Wynter le dio un mirar severa a Ali. – Y estas evitando la pregunta. ¿Era ella, no? ¿La que te preguntó a salir la otra noche? –

– Eh… – Ali dijo neutralmente, volteando una página de la revista.

– Solo de curiosidad, ¿por qué dijiste que no? – Wynter se volteó su lado y apoyó su cabeza en su brazo. – Yo digo, quizás estoy tan grande como una casa, casada y feliz como una loca, pero hasta yo puedo apreciar sus virtudes. –

– ¿Virtudes? Quizás no estamos hablando de la misma mujer, – Ali dijo. – Toma un poco más que un orgasmo andante con ojos hermosos para interesarme. Además, ya te dije. Ella no puede imaginar alguien diciéndole que no, porque probablemente ninguna mujer lo ha hecho. – Volteó otra página. – Hasta hoy. –

– ¿Te volvió preguntarte salir? – Wynter preguntó.

– Eh…–

– Oye, Ali, – Wynter dijo suavemente. – ¿Por qué verdaderamente dijiste que no? No has salido con alguien en mucho tiempo. –

Ali finalmente miró a la mujer que consideraba su mejor amiga, una mujer con quien había compartido incontables conversaciones a altas horas de la noche, y celebrado triunfos y tragedias, ambos personales y profesionales. Y, de todos modos, mantuvo muchos secretos de ella. Los hábitos de una vida eran difíciles a romper, y ahora, luchando con las reacciones inesperadas que Beau provocaba, no podía revelar más de ella misma. Ni a Wynter.

– Sería perfecta si todo lo que yo quería fuera sexo, – Ali dijo fácilmente.

– Eso no estuviera tan mal, de vez en cuando, – Wynter burló. – Además, saliendo no es una propuesta de matrimonio. –

– Definitivamente no con esa. – Ali tiró la revista no leída a un lado. – Lo pensé. Solo una aventura pequeña. Sin compromisos, nada de expectativas. No es mi cosa usual, y no estoy segura si lo pudiera hacer bien. –

Wynter se sentó. – ¿Qué hay de hacer bien? Si sales con ella, y ella está interesada, y tú estás interesada, te desnudas con ella. –

– Claro, ¿es como pasó con Pearce?

Wynter ruborizó, el tono rosa en su piel color marfil haciéndola parecer joven, fresca e inocente. – Casi la besé el primer momento que la vi. Gracias a dios, no lo hice, porque mi próxima movida hubiera sido arrancarle la ropa. O la mía. – Wynter puso los ojos en blanco. – Y estábamos en los baños del campus central, por todos los santos. Hable de quince años. –

Ali rio, pero instantáneamente pensó del vestidor y el torso desnudo de Beau Cross. Las cicatrices todavía la molestaban, la hacían ansiosa a deshacer todas las heridas del pasado que las habían causado. Ese sentimiento podía entender… al fin y al cabo era una doctora. Casi cada minuto despierto la pasaba luchando a salvar el cuerpo humano frágil de destrucción. Deseo era otra cosa completamente. Ella no podía fingir, ni a ella misma, que no estaba atraída a ella, y no estaba feliz de ello. Pero entonces todas las mujeres que había conocido, no las había deseado… no deseado verdaderamente… suficiente para arriesgar que se acercaran.

– Lo voy a pensar, ¿bien? – Ali dijo para hacer Wynter feliz.

– Así me gusta. Vive un poco. –

– Tú nomas quieres un placer indirecto, – Ali se quejó.

– Cierto. Y como tu mejor amiga, espero todos los detalles pequeños. – Wynter volvió a bajar la cabeza en el sofá y suspiró. – Y por favor apúrate, cuando todavía puedo disfrutar de ello. –

– ¿Por qué no te metes en una sala de descanso y te tomas una siesta? Te despierto si te necesitamos. –

– Estoy bien. –

– Me está dando un dolor de espalda solo mirándote. Ve. Va ser una noche larga. –

– Lo hago, si prometes salir con… eh, ¿cómo se llama? –

– Beau Cross, y eso es chantaje. –

– Ni modo. –

– Lo es. –

– ¿Así que es un sí? –

– Eres implacable. – Ali suspiró. – Si me vuelve preguntar… lo pensaré. –

Wynter se levantó del sofá y besó la mejilla de Ali.

– Bien. Eso funciona. – Ali negó con la cabeza, preguntándose como Wynter había ganado lo otorgado. Con suerte, Beau ya había encontrado algo mejor y no iba tener que enfrentar la decisión de si sí o no honrar su promesa medio-en-serio a Wynter. Pensando de Beau prestando su atención en otras partes causó una puñalada de decepción. Eso era suficiente advertencia para hacerla esperar que había visto lo última de la peligrosamente encantadora Beau Cross.

* * *

– Cross. –

El Capitán Jeffries llamó de su oficina pequeña como un ropero cuando Beau y Bobby se reunieron con el resto del equipo en la sala comunitaria en el primer piso de la estación de bomberos.

– ¿Puedo hablar contigo por un minuto? –

– Seguro capitán, – Beau respondió. – Nomás déjame agarrar una taza de café. –

Los otros cinco hombres y única mujer de turno con ella estaban tirados sobre el sofá y sillas anchas en frente de la tele de pantalla grande montada en la pared. La escena era igual de familiar y cómoda como una noche en casa con Jilly. Hasta que se mudó con Jilly hace tres semanas, este cuarto o uno igual a ello había sido más como su hogar que su apartamento. Eso solo había sido un lugar para dormir y guardar su ropa cuando no estaba trabajando o pasando la noche con alguien. Ella amaba sus padres y hermanos, y adoraba Jilly más que todos, pero ellos no la conocían como los de aquí sí. No compartían la euforia de arriesgar sus vidas para rescatar alguien o la tragedia del fracaso. No conocían la emoción de estar en la cima de excitación. No la conocían a ella. Pausó a punto de agarrar la cafetera en la cocina pequeña en el rincón opuesto de la oficina del Capitán Jeffries.

Sus colegas bomberos la conocían tanto como sus experiencias comunes permitían, y su hermana la conocía por la historia que compartían, pero nadie la conocía por completo. Moviéndose con Jilly la hizo darse cuenta que tan efectivamente había dividido su mundo en compartimentos ordenados y seguros. A veces esos compartimentos parecían encerrarse sobre ella, recordándola que tan sola verdaderamente era. Encogiendo los hombros para quitarse la melancolía desconocida, se sirvió café y tiró crema artificial adentro hasta que lo negro aceitoso se volvió un pálido marrillo, así como lo quería. Su vida era así también… así como quería, y así quería que se quedara.

Sorbiendo el café, tocó la puerta media-abierta del cuarto de dos metros y medio por tres metros donde Jasper Jeffries, un hombre de treinta años, presidió sobre la Estación 38 de Bomberos.

Jeffries la observó de su silla a lado de un escritorio desordenado en un rincón del cuarto repleto, sus facturas oscuras, suaves, graves. Beau todavía no lo conocía muy bien, pero de su expresión sentía que la estaba evaluando. – ¿Capitán? ¿Quería hablar conmigo? –

– Pásale y cierra la puerta, Cross. –

Como las normas en la estación normalmente eran bien relajadas, Beau rápidamente colocó su café sobre un archivador cercano, cerró la puerta, y se paró en atención enfrente del escritorio.

– Ese fue un buen socorrismo hoy, – Jeffries dijo.

– Gracias, pero tuve mucha ayuda. Si el equipo no hubiera conectado las líneas en el vehículo tan rápidamente, los hubiéramos perdido. –

Jeffries dobló las manos sobre su escritorio. Un anillo grueso de oro en su mano derecha brillo con la insignia del Cuerpo de Marinos. Su cabello negro canoso todavía estaba corto estilo militar y su postura era derecha como si estaba parado en un desfile militar. – Te podíamos haber perdido a ti también. –

– Capitán, tenía todo bajo control. – Beau dijo.

– ¿Y no había modo de extraerlos sin meterte? – Su mirada era fija en la de ella. – ¿No te podías haber esperado otro minuto para que ellos levantaran el vehículo a tierra y lo pusieran seguro? –

Beau sabía lo que estaba preguntando y por qué. Socorrismo acuático, como la mayoría de otras situaciones de rescate, debería seguir un orden establecido. En el caso de una víctima en el agua: extender, lanzar, remar, y llegar… significando extenderle o lanzarle un salvavidas a la víctima o usar un bote para llegar a ellos. Actualmente entrando en el agua… llegar… era el último recurso. – En mi opinión, las víctimas estaban en peligro inminente. El niño se hubiera ahogado en otros treinta segundos. Me tenía que meter. –

Jeffries asintió con la cabeza. – El Capitán Lamber dijo que eres una bombera ejemplar. –

Beau tensó. Si Jeffries le había llamado a su capitán anterior, probablemente todavía tenía dudas de ella. – ¿Estás infeliz con mi conducta, Capitán? –

– Charlie Lambert dice que eres valiente. –

Beau dijo nada. Tarde o temprano, Jeffries diría su punto.

– Solo quiero asegurarme que valiente no se vuelva a imprudente, – Jeffries dijo. – Un bombero imprudente pone a todos en peligro. Unos minutos más en agua de siete grados y tuviéramos que haberte rescatado a ti. Y todavía te ves un poquito azul en las orillas. –

Beau apretó su mandíbula y tragó una maldición. Había adivinado mal. A pesar de todo, Torveau había llamado la estación de bomberos y les había dicho. Hay iba la idea que había detectado una chispa de interés de la cirujana. Quizás Torveau la ayudó, pero era su trabajo. No había existido nada personal en su atención. Pero puta madre, había cumplido las normas de Torveau, ¿y que era el resultado? Nada. Beau se sentía como una idiota, y no podía culpar a nadie, pero sí misma. Debería haber sabido mejor.

– Yo nunca hiciera algo a poner un civil u otro bombero en peligro, – Beau dijo tensamente.

– Bien. Hace un chingón de frío hoy. –

– Cierto, Capitán. –

– ¿Te calentaste? –

Beau todavía estaba usando el uniforme que se había puesto después de usar la ducha con agua caliente en el hospital, así que negando que había estado mojada y congelándose era inútil.

– Sí, estoy bien. Agarré ropa limpia en el hospital universitario. –

– ¿Por qué no descansas por las próximas llamadas? Agarra algo que comer. Asegúrate que todo esté en orden. –

– Sí señor. – Beau no podía discutir. Ella reconocía una orden escondida como una sugerencia cuando la oía. No podía creer que Jeffries la estaba sentando como si no era capaz de hacer su trabajo. – ¿Algo más, Capitán? –

Negó con la cabeza. – Como dije, fue un buen socorrismo hoy. –

– Gracias, – Beau dijo automáticamente, aunque el elogio se sentía vacío. Iba tener que trabajar aún más para mostrar su habilidad. ¿Pero entonces, que más era nuevo? Había estado mostrando su habilidad casi toda su vida.

Beau cuidadosamente controló su expresión a una de despreocupación mientras recogía su taza de café y salió de la oficina del capitán. Después de tirar el café en el fregadero, pasó directamente por la sala comunitaria, por el pasillo y al vestidor. Se cambió a pantalones de uniforme azul marinos y una camisa oscura, pero en vez de abrocharse las botas, sacó sus zapatos de gimnasio del fondo de su casillero. Buscó en el ropero de equipo cerca de la puerta trasera, encontró un balón que todavía, milagrosamente tenía aire, y salió al estacionamiento atrás de la estación. Como cada otra estación de bombero que había visitado, este tenía una canasta clavada a la parte trasera del edificio. Botó de la canasta por cinco metros, giró, brincó, e hizo un amague con el balón hacia la canasta. El balón cayó precisamente y ella lo agarró en un reboto; botó, cortó, giró, e hizo un amague. Volvió a marcar. Cabeza abajo, giró alrededor de oponentes invisibles, giró de los defensores, brincó y marcó entre los brazos extendidos de la defensa. Su aliento dejó nubes blancas en el aire frío. Su camisa se pegó al centro de su espalda cuando empezó a sudar.

Marcó veinte canastas antes de que podía sacar la imagen de Ali Torveau de su mente. Otros diez antes de que la rabia de su enojo, y debajo de ello, decepción ardiente, empezó a disminuir. ¿Por qué Ali no le había tenido confianza? ¿Por qué no había respetado su juicio?

– Chingado, – se quejó, cortando a la izquierda de la canasta, botando abajo, y brincando a marcar con el balón. Cuando cayó de pies, Bobby agarró el balón y botó de reversa, alejándose de ella.

– Eres media bajita para marcar así, – dijo, marcando.

El balón giró alrededor del aro y finalmente cayó adentro.

Beau lo recogió, se lo volvió a pasar, y agarro su tiró fallado en el rebote. – Siempre he sido buena para brincar. –

– Más que buena. ¿Cómo que nunca juegas de práctica? Oye, podías jugar en la liga de práctica. Necesitamos alguien que juegue ala como tú. –

– No me gustan deportes de equipo. – Beau le tiró el balón y empezó a irse al edificio.

– ¿Qué te tiene toda molesta? – Bobby preguntó, alcanzándola en la puerta marrón de hierro.

– Nada. –

Bobby apoyó un brazo contra la puerta, impidiendo que Beau la abriera. Se inclinó cerca y susurró en su oreja. – Mierda. –

– No me busques, Bobby. –

– Te he conocido por unos qué… ¿unos tres años? Y nunca te he visto perder la calma. Chin, yo no pensaba que había algo que te podía afectar. –

– Nada me afecta. –

– Y por eso has estado golpeando el asfalto aquí por media hora. – Le abrió la puerta y se la detuvo abierta.

– Solo necesitaba poquito ejercicio. – Empujó adentro y él la siguió.

– Oye, – Bobby dijo en voz suave. – Si tienes un problema, yo tengo un problema. Somos amigos, ¿recuerdas? –

Beau paró, respiró profundo, y volteó a mirarlo. – Torveau me reportó al capitán. Ella me dijo que, si yo la dejaba examinarme, ella no lo haría. –

– ¿Cómo sabes? –

– ¿Qué? –

– ¿Cómo sabes que ella llamó? –

– ¿Bueno entonces por qué otra chingada razón Jeffries iba regañarme por ir detrás de los civiles? –

– Todos te vieron, cowboy. –

Beau no estaba convencida. No había hecho nada inusual… no para ella. – Él quiere que no vaya a la próxima llamada. –

Bobby frunció el ceño. – Así que descansa. Por dios, no hay vergüenza en eso. Ese fue un socorrismo difícil. –

– No necesito descanso. No hice nada que no he hecho cada día en el trabajo por los últimos tres años. –

– Quizás ese es el punto, – Bobby dijo.

– ¿Qué quiere decir eso? –

– Te das de voluntaria para cada turno extra, siempre eres la primera en el camión y la última de dejar la escena. Si es un socorro difícil, eras la primera. ¿Qué crees que tienes que probar? –

– No me estuvieras diciendo esto si yo fuera un chico, – Beau dijo, aunque de verdad no lo creía. Bobby nunca la había tratado como algo menos que un igual, pero la sugerencia lo distraería de empujando la conversación a lugares donde ella no quería ir.

– ¿Qué mierda? – Bobby la miró enojado. – Estás loca si crees eso. –

– Ya pasó, ¿bien? Vamos a nomas olvidarlo. – Beau le dio la espalda a su amigo, temiendo que él podía ser unos de las pocas personas además de Jilly que actualmente podían ver la verdad en su rostro. Ella no quería que él supiera del fantasma de fracaso que la atormentaba o la voz en su cabeza diciéndole todas las cosas que no podía hacer en su vida. Tenía mucho que probar, más a ella misma que a otros. – Si el capitán dice que me espero para la próxima, me espero. Ya que lo estoy haciendo debo descansar cuando puedo. –

El dormitorio amontonado, equipado con cuatro literas estaba vacío, así como ella esperaba que estuviera a medio día. Subió a la litera superior y se acostó de espalda, mirando al techo unos cuantos centímetros de su cabeza. Ella odiaba estar marginada. Su trabajo era más que un trabajo, era evidencia diaria que ella tenía un propósito en su vida. Una razón para existir.

Y estaba enojada que Ali Torveau posiblemente había hechizado una nube sobre su competencia por hacer esa llamada el capitán, pero lo que dolía era que Ali no le había tenido confianza. Le importaba eso más que todo, y de verdad, no quería eso.





Capítulo Seis


– ¿Listo? Uno… dos… tres… – Ali y Manny Cameron, el enfermero nocturno de trauma, deslizaron una mujer de mediana edad, de la camilla de tratamiento a una camilla. La paciente había sido tropellada por una troca mero enfrente del hospital mientras salía de un taxi. – Sra. Hanley, la llevaran de pronto a la unidad de cuidados intermedios. Dr. Danvers, uno de los cirujanos ortopédicos, la examinará a la noche o temprano en la madrugada y hablará con usted sobre que se necesita hacer para las fracturas en su pierna. Todo lo demás se ve bien. ¿Bien? –

La mujer, cuyo maquillaje y cabello había estado perfecto cuando primero la admitieron solo un momento después del accidente, ahora tenía manchas de rímel debajo de los ojos y su piel se había vuelto un tono marrillo pálido de los enfermos. Somnolienta, agarró la mano de Ali. – ¿Mi esposo? –

– Hable con él por teléfono hace unos cuantos minutos. Está de camino. Para cuando usted esté en el piso de arriba, él ya habrá haber llegado. –

– ¿Puedes decirle… decirle… – La voz de la paciente tembló y lágrimas corrieron de las orillas de sus ojos, destruyendo aún más su maquillaje cuidadosamente aplicado. Ni privacidad ni la dignidad sobrevivían los estragos de un trauma serio. – Va estar muy preocupado. –

– Le diré que vas a estar bien. Créeme. – Ali apretó la mano de la paciente y ojeó a Manny. – ¿Signos vitales están bien? –

– Todo bien, – el hombre bajito, muscular, dijo.

– Ok. Prepárala para ser trasladara y deja la UCI saber que va pa’ allá. –

Mientras Manny trasladaba bolsas de IV, una maquina ECG portátil, el oxímetro de pulso, y otro equipo en la camilla con la paciente, Ali terminó su nota de ingreso. Documentó la condición de la Sra. Hanley y sus signos vitales al llegar, resumió los pasos tomados para reanimación, notó informes del laboratorio y rayo-X, y creó una lista de los tratamientos administrados. Revisó que las notas de los enfermeros reflejaran cuando varios consultores fueran llamados. Satisfecha que los eventos estaban notados precisamente, le dio la gráfica y los resultados de laboratorio preliminares a la recepcionista que iba relevar a Trish a las tres y media. – ¿Puedes asegúrate que esos rayo-X vayan con ella al otro piso? El ortopedista los necesitará. –

– Claro, Doctora. – El recepcionista, un estudiante premédica por día, juntó las formas y carpetas y las colocó debajo de los monitores al pie de camilla. Cuando Manny y la enfermera de la UCI sacaron la camilla, dijo, – Pensé ir a comer mientras todo está tranquilo. –

– Está bien. – Ali brevemente pensó en agarrar comida también, pero la perspectiva de otro alimento de la cafetería del hospital efectivamente mató su apetito. Cerró los ojos y frotó la cara, tratando de no pensar en lo que las próximas doce horas podían traer. Cuando abrió los ojos, Wynter, mirándose exasperada, se sentó en un banco al lado de mostrador, enseguida de Ali.

– Dijiste que me ibas a despertar si se ponía ocupado. – Wynter regaño. – Casi son las seis y estuve dormida toda la tarde. –

– Supongo que lo necesitabas. –

– Residentes quirúrgicos siempre lo necesitan. Eso no es el punto. – El tono de Wynter era suave, pero Ali podía detectar que estaba sentida. A pesar de tener un hijo en casa, y estar embarazada, y tener una pareja que también era una cirujana ocupada, Wynter nunca se quejaba de las horas largas y llamadas frecuentes. Ella personificaba la mujer moderna mítica que podía balancear familia y una carrera con humor y gracia. De todos modos, Wynter era una mujer embarazada que no necesitaba estar de pie todo el día solo a mostrar que ella podía hacer su trabajo. Ali probablemente estaba portándose sobreprotectora, pero a veces Wynter la recordaba de Sammy. No se parecían en nada, y definitivamente no eran nada similar de lo que querían de la vida o la forma que usaban para obtenerlo, pero las dos tercamente insistían que podían hacer cualquier cosa, y aguantar cualquier cosa que ocurría. Quizás era porque le importaba de las dos, y que no pudo ayudar a Sammy. – De verdad no estuvo tan ocupado, y nada entró que no has visito docenas de veces antes. –

– De todos modos, no debes ser primera convocatoria. Al fin y al cabo, soy un miembro, estoy aquí para hacer tu vida más fácil. –

Ali encogió los hombros. – Estaba guardando mis recursos. Quiero que tengas energía para la noche, así puedo ir a cama y dejarte la unidad. –

– Oh, eso verdaderamente quiero ver. – Wynter se inclinó cerca, su hombro tocando la de Ali. – Sabes, eres muy caballerosa. Gracias. –

– De nada. –

Ali giró su bolígrafo entre sus dedos, preguntándose porque había estado pensando en Sammy tanto recientemente. Eso había pasado hace mucho. Unas heridas nunca sanaban, pero había sido años desde que el dolor se había sentido tan fresco.

– ¿Qué pasó? –

– Nada, – Ali dijo rápidamente. – Eh, solo pensando. –

– Te ves cansada. Quizás debes tratar de tomarte una siesta. –

– Bien. Quizás. –

Wynter negó con la cabeza, claramente no la creía. – Es el aniversario de Ken y Mina el próximo sábado en la noche. Todos vamos a dejar nuestros hijos con Chloe la hermana de Mina a la noche, entonces vamos a tener una fiesta. Quiero que vayas. Necesitas un descanso. –

– Eh… –

– No des excusas. Principalmente van a ser personas de aquí y unos amigos de Mina. – Wynter agitó la cabeza. – Probablemente pizza. Yo quería una comida elegante, pero Pearce y Ken me ganaron. –

– Pizza siempre es una buena opción. – Ali sonrió, considerando la invitación. Ken, un anestesiólogo, y su esposa Mina, le caían bien; vivían en la otra mitad de la casa gemela estilo victoriano de Wynter y Pearce. Una tarde con amigos podía expulsar la tristeza que la estaba atormentando.

– Quizás hasta podías traer una novia, – Wynter dijo súper casualmente.

Cuando Ali inmediatamente pensó en Beau, mentalmente dio marcha atrás. – El sábado tengo una cosa de entrenamiento todo el día, es posible que corra tarde, entonces después tengo reportes que tienen que llenarse. –

Wynter frunció el ceño. – ¿Qué cosa de entrenamiento? Yo no me inscribí para algo. –

– No para los residentes cirujanos. Para los paramédicos de la UST. Es una sesión de simulación del trabajo. Parte del curso que estoy enseñado. –

– Oh, ¿quieres decir cuando creas un escenario con muchas víctimas y tienen que hacer clasificaciones y todo eso? –

– Ajá. –

– ¿Dónde lo van a tener? –

– En el gimnasio de la universidad en la calle Nogal. –

– ¿Qué es el escenario? – Wynter preguntó.

– Asesinatos en universidades. –

– Es triste que algo así es tan común que ahora estamos entrenando para ello. –

Ali asintió con la cabeza. – El que sigue va hacer un bombardeo de un metro. –

– ¿Necesitas ayuda? –

Sonriendo, Ali miró fijamente el estómago de Wynter.

– Ay, no mames. Así que estoy embarazada. Como quiera puedo caminar como pato. Además, suena divertido. Pearce no trabaja el sábado y ella puede cuidad a Ronnie. Apuesto que necesitas alguien para observar, tomar notas, toda clase de cosa. –

– Dime que tienes muchas ganas de pasarte el día mirando un montón de bomberos reanimar maniquíes de plástico y estudiantes médicos cubiertos con sangre falsa. –

– Para julio, – Wynter dijo apasionadamente, – yo quiero ser un adjunto de trauma aquí. Quizás voy a estar corriendo una sección el próximo otoño. –

Ali rio. – Sí, quizás también vas a tener mi trabajo en unos cuantos años. –

Los ojos de Wynter brillaron. – Que buena idea. –

– Bien, ven si quieres. Si te cansas te puedes aco- –

El teléfono de la unidad de biología sonó y Wynter lo contestó. – Sala de trauma. Thompson. – Agarró un bolígrafo y un papel. – Ajá. ¿Necesitamos saber que se está quemando? Ajá. ¿Cuántos? –

Empujó el papel hacia Ali. Había escrito cinco palabras y subrayado las últimas dos. Explosión de refinería. Muchas víctimas. Mientras Wynter continuó juntando información, Ali usó otro teléfono para llamar la unidad de trauma y preguntar por más enfermeras. Entonces llamó la sala de emergencia para que mantuvieran unos cuartos vacíos para el exceso del ingreso de trauma. Todos los pacientes que no fueron gravemente afectados serían conducidos a la sala de emergencia, los con lesiones agudas por inhalación o quemaduras cutáneas irían a la unidad de trauma.

El momento que Wynter colgó, Ali dijo, – ¿Cuántos? –

– A lo menos seis. Unos son civiles, otros bomberos. Incendio petrolífero. –

– Llama respiratorio y que traigan cuatro más respiratorios pa’ aquí. Si hay toxicidad de sulfuro de hidrogeno vamos a tener que intubarlos. – Ali corrió mentalmente por una lista. – ¿Cuál es la hora estimada de llegada? –

Wynter miró al reloj. – Menos que diez minutos. –

– Descubre cuales residentes cirujanos están trabajando y diles que pongan las nalgas pa’ aquí. –

– Entendido. –

Ali se imaginó kilómetros de refinerías, sus torres en llamas rompiendo el horizonte como una escena de una película postapocalíptica. Solo estaban unos cuantos kilómetros de distancia. Wynter había dicho civiles y bomberos. Ali se preguntó si la unidad de Beau había respondido. Si Beau había sido uno de los socorristas-vueltos-a-víctimas. Veinticinco porciento de las víctimas de incendios como este eran los de primera respuesta. Por un segundo el sentido desconocido de miedo giró alrededor en su estómago. Ella había esperado nunca volver sentir algo así de nuevo. Otra buena razón para mantener su distancia de mujeres que viven al límite.

* * *

Beau estaba en medio de transportar una mujer de veinte con múltiples fracturas faciales a una sala de emergencia local cuando la primera sirena para el incendio de la refinería sonó. Ella y Bobby terminaron separados cuando ella tuvo que quedarse por parte del primer turno, así que no había sido parte de la primera ola de socorristas con él. Ella no llegó a la escena hasta que la segunda y terceras sirenas sonaron. Para entonces era más o menos caos controlado con camiones, camiones de escales, y ambulancias por todas partes. No vio a Bobby, pero encontró a Jeffries, que la mandó al centro de mando médico para ayudar clasificar. Unos cuantos civiles de personal de contención de refinerías tenían lesiones graves por quemaduras, y esos ella dirigió directamente a las unidades de quemados en las Hospitales de Crozier y Santa Agnés. Muchos de los bomberos, a pesar de sus equipos protectores y ERA, equipo de respiración autónoma, habían tenido suficiente exposición a altas concentraciones de sustancias químicas que estaba mostrando los primeros signos de toxicidad. Ella condujo cualquiera con evidencia de compromiso neurológico o insuficiencia respiratoria al hospital universitario. Cuando la línea de heridos llegó a un alto, dejó la limpieza a varios otros paramédicos y fue a verificar con su equipo.

– ¿Qué es la situación? – le preguntó a Jeffries, mirando bomberos cercanos nebulizando espuma ignífuga sobre áreas con derrames químicas.

– Está más o menos contenido. – Jeffries completó otras verificaciones de estado, antes de decirle, – Puedes ir al hospital con la próxima ambulancia. Yo estará ahí el momento que terminemos aquí. –

– ¿Por qué? – Beau preguntó, un sentido malo deslizándose por su pecho.

La expresión del capitán se volvió grave. – Unos cuantos de los primeros a llegar al área recibieron un chorro de esa mierda. –

– ¿Bobby? – Beau preguntó, pero ya sabía la respuesta.

– Los reportes eran vagos, pero sonaba como si tuvo una clase de convulsión. Está en el hosp- –

Beau no oyó el resto. No necesitaba. Su amigo estaba en peligro, y ella necesitaba estar con él. Debería haber estado con él todo este tiempo. Debería haber estado ayudándolo, y si ella no hubiera sido forzada a fallar parte del turno, hubiera estado con él. Esto era su culpa. No podía quitarse de encima que ella ponía todos los que quería en el peor peligro.

* * *

Dejando las enfermeras, Ali fue para aplicar apósitos remojados en solución salina a las quemaduras en el torácico y hombros de un hombre de treinta, estaba estable, y un residente de cirugía general estaba de ida para ingresarlo. Se fue al próximo paciente, un bombero, identificable por los pantalones marrillos de bomberos que todavía traía puestos, su cara ocultada por una mascarilla de oxígeno.

– Manny… quítale la ropa. – dijo mientras revisaba rápidamente la gráfica frágil. – ¿Bobby? ¿Cómo te sientes? ¿Cómo está tu aliento? –

– No… tan bien… Dra. … – Su voz estaba débil, respiración laborosa, su piel color gris.

– Kash, – le habló al recepcionista sentado en un pequeñísimo estación de trabajo en un rincón, – ¿Ya tienes los resultados de sus gases sanguíneos? –

– Un segundo. – Kash sacó una hoja de la impresora y corrió a ella, el papel en su mano extendida. – Apenas llegó. –

Ali ojeó el documento. El O2 estaba en la zona roja. El CO2 estaba subiendo y él tenía acidosis, oscilando a punto de colapso respiratorio. Puso el reporte a un lado y le dio un examen neural periférico rápido. Tenía disminución de reflejos, y percepción alterada sensorial. Todo uniforme con toxicidad en el sistema nervioso central. Se inclinó contra la camilla para poder ver su rostro.

– Vamos a necesitar que intubarlo… darle su aliento un poquito de ayuda hasta que su cuerpo pueda expulsar los químicos. –

Él asintió con la cabeza, demasiado jadeante para hablar.

– Si lo paralizo para meterle el tubo, todavía va sentir el tubo en su garganta. Va irritar un poquito, pero se va sentir mucho mejor cuando le metamos el oxígeno. ¿Bien? –

Él cerro los ojos, entonces lentamente los volvió abrir. – ¿Dónde… está… mi…? –

Ali frunció el ceño y revisó la gráfica de nuevo. No veía un contacto designado. – ¿Novia? ¿Novio? –

Bobby negó con la cabeza y estiró su mascarilla a un lado. Luchando para otro respiro, jadeó, – Beau. –

– Oh. – Ali dijo, ignorando el temblado de ansiedad que corrió por su espina cuando reconoció la colega de Beau de esa mañana. – ¿Beau está en peligro allá afuera? ¿Está herida? –

– No sé. ¿Podemos… esperar? –

– Lo siento Bobby. No. Necesitamos hacer esto ahorita. –

Bobby asintió con la cabeza, cansado.

Enderezándose, Ali indicó a Manny. – Prepara para intubar. Y agarra una ampolleta de Pavulon. Si él resist- –

– ¡Bobby! – Beau empujó por las puertas, resbalando a un alto al lado de la camilla, y apretando el hombro de Bobby. – ¿Oye? Ay güey, que mierda. ¿No puedo dejarte solo por un minuto? –

La tensión en el pecho de Ali se alivió un poco. Beau todavía estaba usando sus pantalones de bombero, los tirantes estirados sobre el bulto sutil de sus pechos debajo de su camisa oscura, machada con sudor. Una hendidura delicada marcaba su frente donde su casco había rozado. Sus manos estaban manchadas con aceite y ceniza. A pesar de su estado desaliñado, era llamativa.

Bobby trató de hablar, pero sus palabras se murieron en un jadeó temblador y su cuerpo sacudió violentamente.

– Ok, es todo. Vámonos, – Ali dijo bruscamente, marchando a la cabeza de la camilla de tratamiento. Abrió un laringoscopio curvando de metal y encorvó la mandíbula de Bobby con la mano, apretando su pulgar para abrir su boca. Resbaló la orilla plana, de la hoja de un centímetro y medio, sobre la lengua, y lo empujó a un lado para poder visualizar las cuerdas vocales. – Hay mucho edema. No puedo ver las cuerdas ni papa. Dame el número ocho. Voy a ciegas. –

– Ten, – Manny dijo.

– Vigila su O2. – Ali luchó para mantener el pequeño vistazo de la laringe a vista. – Si no lo puedo hacer después de una o dos veces, vamos a tener que usar el tubo. Encuentra Wynter. –

– La puedo llamar por altavoz, – Kash dijo. – Contestó el código en la sala de radio-X. –

– Entonces déjalo. – Ali resbaló el tubo endotraqueal dentro del faringe posterior, avanzándolo en la dirección general de las cuerdas vocales. Cuando sintió resistencia, empujó delicadamente, esperando que lo hinchado no había progresado el punto que la vía respiratoria estaba completamente obstruida. Sintió que se movió un poco y esperó para que la oposición se aliviar. Liquido rosado espumoso surgió hacia arriba, alrededor del tubo.

– Dame el succionador. – Ali extendió la mano y Manny le pasó el catéter delgado. Ella limpió el líquido de atrás de la garganta de Bobby. No ayudó. – No puedo ver nada. –

– Los niveles están bajando, – Manny reportó. – Ochentaicinco. Ochentaitrés. Setentaiocho. –

El monitor cardiaco sonó, señalando una declina del ritma cardiaco.

– Abre la bandeja traqueal. – Ali miró a cruzar la camilla a los ojos de Beau llenos de temor. – Vas a quiere esperarte afuera. –

– No, – Beau dijo en voz ronca, apretando el hombro de Bobby fuerte para ocultar el temblor. Torveau tenía que tener nervios de hierro y huevos de los mismo. Pero si Torveau podía aguantarlo, entonces ella podía también. No iba abandonar a Bobby, no importa que. – Me voy a quedar. –

El ritma cardiaco bajó.

– Última oportunidad, – Ali susurró, pero Beau pensó que no estaba dirigido a ella. – Dale el Pavulon. –

El enfermero empujó el fármaco y unos cuantos segundos después, Bobby paró de respirar. Los ojos de Ali eran ardientes, mirando intensamente al tubo todavía atrapado en la boca de Bobby. Con el control más delicado, agarró el tubo y lentamente lo ingenió más hondo en la garganta de Bobby.

Beau mantuvo el aliento. Su corazón golpeó tan fuerte en sus orejas que apenas podía oír los gritos del oxímetro de pulso avisando de los niveles peligrosamente bajos.

– Dale, amorcito. – La voz de Ali era suave, persuádete, tierna. – Solo un poco más. Ya dale.

El estómago de Beau brincó para abajo y probó bilis atrás en su garganta. Por favor.

– PA está a sesenta, – Manny dijo en una voz calmada, firme.

– Ya casi, – Ali murmuró.

Beau no podía mirar los monitores, todos sonando avisos en una cacofonía de pitos y tonos. No podía ver a Bobby. Al verlo tan gris y sin vida le rompía el corazón mismo. El único lugar seguro que encontró era la cara de Ali. Se enfocó en sus ojos oscuros intensos, la línea fuerte de su nariz, la quietud profunda en su expresión. Inmóvil, inquebrantable. Supo el momento que ocurrió. Los ojos de Ali se abrieron solo un poco y calor brilló en sus irises de medianoche. Levantó la mirada por una fracción de un segundo, mirando a Beau con una expresión de triunfo que se veían en sus ojos a pesar de la mascarilla tapándole la boca.





* * *

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