Cruzando los límites by Maria Martinez


Cruzando los límites by Maria Martinez

Estás seguro de que no quieres regresar a casa? —preguntó Liam.
Caleb negó con la cabeza mientras echaba un último vistazo al cen-
tro de menores en el que había pasado los últimos dos años. Miró a su tío y trató de sonreír. Liam era el hermano de su madre. Vivía en Nuevo México desde hacía varios años y las cosas le iban bastante bien. Como él, había sido un chico rebelde  y problemático, sin futuro,  hasta que decidió abandonar Port Pleasant. Quizá, él tuviera la misma suerte.
—No creo que sea buena  idea. En ese pueblo  nadie olvida —dijo
Caleb.

Cruzando los límites
Cruzando los límites by Maria Martinez 


—¡Que se vayan al infierno! —replicó Liam.
Caleb sacudió la cabeza y embutió las manos en los bolsillos de sus tejanos. Cada vez que cerraba los ojos, revivía lo que sucedió aquella noche como si solo hubiera  ocurrido  unas horas antes. Había  pasado todo ese día en el sótano de Tyler, perdiendo el tiempo, sin hacer nada salvo ver películas de terror  y beber cerveza. Cuando  llegó a casa y vio el Chevrolet Chevelle de su padre,  aparcado  en medio del jardín con parte de la valla de madera bajo las ruedas, supo que habría problemas.
Al entrar en la casa, los gritos y el eco de los golpes confirmaron  sus peores temores. Su madre estaba presa de un ataque de nervios mientras su padre  estrellaba la cabeza de su hermano  pequeño  contra el suelo. Dylan ya no se defendía y su pecho apenas se elevaba. ¡Dios, solo tenía catorce años! Algo se rompió dentro  de Caleb mientras contemplaba la escena. Estaba cansado de aquel infierno, de aguantar las palizas y los in- sultos, de tener miedo cada vez que aquel hombre entraba por la puerta.
Corrió hasta su habitación,  cogió el bate de béisbol que guardaba bajo la cama y regresó a la cocina. Tenía diecisiete años y el pánico le atenazaba la garganta. Su padre se enderezó  y lo miró con un gesto de



sorpresa; después su mirada reflejó un odio profundo mientras se levan- taba del suelo con los nudillos ensangrentados.
Esa noche, Caleb no había vacilado y había hecho lo que un hombre haría para proteger a su familia.
—Es tu casa, y tu madre y tu hermano quieren que regreses —insis- tió Liam al ver que su sobrino guardaba  silencio.
—Pero yo no quiero volver. —Respiró hondo—.  Ellos están mejor sin mí.
Liam suspiró y le dio una palmada en la espalda.
—Si esa es tu última palabra,  entonces  vendrás conmigo  —dijo mientras abría la puerta del coche.
Caleb lo miró sorprendido.
—¿Quieres que vaya contigo a Santa Fe? —preguntó sin aventurar- se a sonreír.
—Eres mi sobrino,  no puedo  dejarte en la estacada. Además, será un favor por otro favor.
—¿Qué  clase de favor? —quiso saber Caleb con cierto recelo. Ha- cía mucho que no confiaba en nadie excepto en sí mismo.
—Necesito una persona que me ayude en el gimnasio por las maña- nas y en el taller por las tardes. Solo tengo una condición: te mantendrás alejado de los problemas  y las drogas. ¿De acuerdo?
—Las drogas no tienen que preocuparte, pero los problemas  me persiguen —dijo Caleb con voz cansada.
—Pues les patearemos  el culo cuando aparezcan. No voy a dejarte, chico. ¿Qué dices, te interesa el trabajo?
Caleb estrechó la mano que Liam le ofrecía y esta vez se atrevió a sonreír.
—Me interesa.





Dos años después.


Caleb jamás pensó que regresaría a Port Pleasant, y mucho menos que lo haría para asistir al funeral de Dylan. Aún no podía creerlo. Un acci- dente de tráfico, un maldito árbol, y su hermanito había dejado de exis-
tir para siempre.
Estrelló un puño  contra el volante. No lograba asimilar la idea de que no iba a verle nunca más. No quería mortificarse, pero le resultaba imposible no preguntarse  si había hecho lo correcto largándose a Santa Fe. Aún no estaba seguro de si había tomado esa decisión para proteger a su madre y a su hermano  de la clase de persona  en la que se estaba convirtiendo,  o si, en realidad, se había limitado a huir de sí mismo, de los recuerdos  y el desastre en el que acabaría convirtiéndose  su futuro de un modo inexorable.
Con solo diecisiete años, Caleb había cometido infinidad de robos y allanamientos; destrozado un par de coches durante  las carreras ilegales que tenían lugar en la carretera de la costa; y enviado a más de un tipo al hospital por las peleas en las que su padre le obligaba a participar.
Los dos años que había pasado en el centro de menores habían sido como un bálsamo para su alma. Su padre había muerto dos días después de que a él le encerraran, a causa de un infarto que nada tenía que ver con las lesiones de la agresión; eso habían dicho los médicos. A Caleb le daba igual el motivo por el que la había palmado. Lo único que le importó en aquel momento fue que ya no tendría que pasarse las noches en vela pen- sando si su madre o su hermano estarían bien, o si, por el contrario, aquel sería el día que al cabrón  se le iría la mano más de la cuenta. Saber que estaban en peligro y que él no podía hacer nada para protegerlos, habría sido una tortura  mayor de la que podría haber soportado.
Cruzó el pueblo en dirección a las afueras, hacia el barrio donde había



vivido la mayor parte de su vida. Allí todas las casas eran iguales, separa- das las unas de las otras tan solo por un muro de ladrillo, insuficiente para tener algo de intimidad. En un barrio como aquel todos se conocían y las miserias eran de dominio público. No estaba muy lejos de las zonas de clase media, ni de la colina donde se alzaban las grandes casas sureñas de los ricos; y, al mismo tiempo, se encontraba a un mundo de distancia.
Detuvo el coche frente a la que había sido su casa. Se sorprendió  al ver el jardín delantero  con un césped impoluto.  En el porche  había un pequeño  balancín, y de la viga de madera que lo sostenía colgaban ma- ceteros con flores multicolores.  Se bajó con el corazón latiendo  muy deprisa y contempló  la entrada.  Había pasado mucho tiempo desde la última vez que había cruzado aquella puerta.
—¡Caleb!
Su madre apareció en el porche y corrió hacia él. Se quedó inmóvil, mudo de la impresión, y solo fue capaz de abrir los brazos mientras ella se precipitaba entre ellos. La estrechó contra su pecho, preguntándose en qué momento se había convertido  en aquel ser, pequeño  y frágil. La apretó  con más fuerza e inspiró el olor a lavanda que desprendía su pelo. Se le encogió el alma al sentir aquel aroma tan familiar que seguía grabado en su cerebro después de tanto tiempo.
Habían  pasado dos años desde la última vez que se vieron, poco antes de que él terminara  de cumplir su condena, y en todo ese tiempo solo habían hablado  por teléfono. La apartó  un poco y le dedicó una sonrisa. Estaba tan pálida y demacrada  que habría podido  pasar por el cadáver que les esperaba en la funeraria. Solo tenía cuarenta años, pero el espejo de su cara reflejaba muchos más, demasiados.
—Estás muy guapo —dijo su madre mientras le acariciaba la meji- lla—. Y mucho más alto. —Lo miró a los ojos y soltó un suspiro entre- cortado.  A ella le dolía contemplarlos  porque  eran iguales a los de Dylan: de un marrón claro salpicado de máculas verdes, y con largas y espesas pestañas que los ocultaban  cuando  los entrecerraba—. Anda, vamos adentro. Aún faltan un par de horas para el funeral, y seguro que estarás cansado del viaje.
Caleb se inclinó para besarla en la frente. Le rodeó los hombros con el brazo y, juntos, se dirigieron a la casa. Se detuvo en el porche y cerró los ojos. Durante un segundo, pensó que no podría hacerlo, que no podría entrar. Tomó aire y se obligó a cruzar el umbral del que había sido su infierno.




Savannah contempló  el ataúd.  Aún no podía creer que el cuerpo  de
Dylan estuviera allí dentro.
Nunca  habían sido grandes amigos; no hasta un par de años antes, cuando  Hannah  Marcus, la madre de Dylan, empezó a trabajar como asistenta para su familia. Todas las tardes el chico iba a recogerla para acompañarla  después a casa, y, mientras la esperaba, él y Savannah so- lían conversar en la cocina tomando  un té helado. A veces, incluso la ayudaba con los deberes. Cálculo y química se habían convertido en una pesadilla para ella, y sin la ayuda de Dylan no habría logrado la nota que necesitaba para graduarse e ir a la universidad.
En cierto modo, acabó admirándolo. Dylan siempre había sido un chico amable, inteligente, y había conseguido  lo que pocos en su situa- ción lograban: una beca completa  para estudiar  en la Universidad  de Columbia.
Recorrió con la vista los rostros de los asistentes al funeral. Todos eran vecinos del barrio. Muchos de ellos la miraban como si fuera alie- nígena, y no era de extrañar. La gente de la colina, como su familia, con sus lujosas mansiones y sus coches caros, no solía relacionarse  con la masa de los suburbios.  No porque  fueran mejores ni nada de eso, sino porque  pertenecían  a mundos diferentes.
Los ojos de Savannah se posaron en Hannah  Marcus. La pobre mujer estaba destrozada  y apenas lograba mantenerse de pie. Solo los brazos de su hijo mayor impedían que cayera al suelo de rodillas. Savannah miró de reojo al muchacho, Caleb Marcus. Su reputación  aún era una leyenda en Port Pleasant. Era el tipo de chico sobre el que los padres previenen a sus hijas. Las cosas que se contaban sobre él atemorizarían al tipo más duro del pueblo, y ella las creía a pies juntillas. Aún recordaba lo mucho que la inti- midaba su presencia cuando se cruzaba con él en los pasillos del instituto. También rememoraba  el hormigueo que sentía en el estómago cuando sus ojos, de un color fascinante, coincidían con los suyos por accidente.



En aquella época,  la diferencia  de edad  entre  ellos suponía  un abismo: Savannah contaba catorce años y Caleb tenía diecisiete. Sabía que era invisible para él. Caleb salía por aquel entonces con Spencer y toda su atención era para ella. Eran tal para cual. Pertenecían  al mis- mo barrio, al mismo ambiente  y a la misma pandilla. El rey y la reina de los suburbios.
Savannah jamás lo admitiría, aunque  le fuera la vida en ello, pero había estado enamorada de Caleb en secreto durante todo un año; hasta que lo detuvieron  por darle una paliza a su padre  y desapareció.  Le costó olvidarse de él. Durante mucho tiempo formó parte de sus sueños y fantaseaba despierta imaginando cómo sería que la abrazara y la besa- ra como hacía con Spencer.
Notó que se ruborizaba  con aquellos recuerdos.  ¿Por qué pensa- ba ahora en todo eso? Miró de nuevo al chico. Decir que estaba gua- po era quedarse corto. Los años le habían sentado de maravilla. Lucía una sencilla camiseta de color negro, lo suficientemente  ajustada para insinuar  un cuerpo  perfecto,  y unos tejanos desteñidos  que se mol- deaban  muy bien a sus caderas. Caleb tenía una belleza agresiva a la par que natural.  Recordaba  haber  visto ese torso  desnudo  muchas veces, durante  los partidos de baloncesto,  y los temblores que le pro- vocaba.
Empezó a subirle un calor asfixiante por el cuello, que se instaló en sus mejillas como dos faros luminosos. Apartó la vista cuando él miró en su dirección. Se sentía fatal por tener esos pensamientos  durante  el fu- neral de su hermano, pero decidió devolverle la mirada.
Solo que no era a ella a quien había visto.
Spencer acababa  de aparecer  agitando su oscura y larga melena y contoneando las caderas de una forma insinuante.  Pasó por su lado dejando una estela de ese perfume barato que siempre usaba, y se lan- zó a los brazos de Caleb. Savannah se quedó de piedra ante su falta de sutileza. Si se pegaba más a él, acabaría por fundirse  con su cuerpo. Podría  cortarse  un poco, ¿no? Aunque  tratándose  de Spencer,  sería como pedirle a una leona que no se comiera a una pequeña cebra. Y la chica tenía debilidad  por las cebras, sobre todo si estas parecían mo- delos salidos de un anuncio como ocurría con Caleb... y también con Brian.
Dio media vuelta con el estómago revuelto: Spencer la ponía enfer-



ma. Empezaba  a arrepentirse  de haber asistido al entierro.  Cassie se lo había advertido,  le había repetido  mil veces que no era una buena idea dejarse ver por allí, y mucho menos sola, pero ella se había negado a escucharla. Dylan se había convertido  en su amigo y merecía esa despe- dida. Pero, como siempre, Cassie tenía razón.





3



A la mañana siguiente, Caleb se levantó temprano.  Apenas había po- dido dormir;  demasiados  recuerdos.  Había  pasado parte  de la noche entre las cosas de su hermano: hojeando sus cómics, sus libros del insti-
tuto, y contemplando la fotografía que le habían tomado  el día de su graduación, apenas un mes antes.
Se había sentido tan orgulloso de él: el primer Marcus que iría a la universidad,  y nada menos que a Columbia.  Ahora todo eso se había convertido  en una bonita  ilusión absorbida  por la realidad.  La gente como ellos no tenía derecho  a soñar. Cuando  lo hacían, siempre ocu- rría algo que les recordaba  que las cosas buenas solo les pasaban a los demás.
Fue hasta la cocina y se sirvió una taza de café. Oyó a su madre en el sótano, refunfuñando un par de maldiciones.
—¿Necesitas ayuda? —preguntó desde la puerta.
—Lo que necesito es una lavadora nueva —respondió  ella con tono gruñón.
Caleb sonrió. Era tan agradable escuchar su voz. Apoyó la cadera en la encimera y recorrió  con la vista la cocina mientras  daba pequeños sorbos al café caliente. Todo estaba tal como lo recordaba,  incluidas las abolladuras en los armarios y las paredes, decoradas por los puños de su padre. Su madre apareció cargando con un cesto de ropa. Caleb se apre- suró a ayudarla.
—Deja que yo lleve eso.
Se lo quitó de las manos y la siguió hasta el patio trasero. Mientras ella tendía la ropa, Caleb contempló  la casa. Se fijó en el óxido que re- cubría las bisagras de las contraventanas  y en la pintura desconchada. A la valla de madera le faltaban bastantes listones y a través de los huecos se veía con claridad el patio del vecino. No necesitaba mirar para saber que el tejado pedía a gritos una buena  revisión, pues las manchas de humedad  que había visto en el techo daban fe de ello. Y el día anterior,



al llegar, también se había percatado de lo mal que estaban los peldaños del porche y la puerta del garaje.
—¿Qué miras? —preguntó su madre.
Con las manos en las caderas, Caleb sacudió la cabeza disgustado.
—Mamá, la casa se está cayendo a pedazos.
—Lo sé —dijo ella con un suspiro—. Dylan hacía lo que podía, pero nunca fue tan mañoso como tú. Además, sus estudios le tenían ocupado la mayor parte  del tiempo y... mi sueldo no da como para contratar  a alguien que la repare.
Caleb tomó  aire y lo soltó despacio:  oír a su madre  referirse  a Dylan en pasado era muy doloroso.  Sus ojos volaron a la puerta.  De- seó que se abriera y que el chico la cruzara con su amplia sonrisa, tal y como la recordaba.  Pero eso no iba a suceder y debía aceptarlo cuanto antes. Su madre debió adivinar sus pensamientos,  porque  se acercó a él y le acarició el brazo. El contacto  hizo que tuviera que apretar  los párpados  para contener  unas estúpidas  lágrimas. ¡La había echado tanto de menos!
—Tu hermano te adoraba.  Para él eras como uno de esos superhé- roes que aparecen en los cómics que leía.
—Ya, solo que el héroe no estaba aquí para cuidar de él.
—Caleb, tu hermano nunca te culpó de nada, ni pensó por un solo instante que le hubieras abandonado. Te quería muchísimo y, aunque te echaba de menos, siempre supo que no era fácil para ti regresar aquí. Lo que pasó, lo que hiciste aquella noche… —Respiró hondo—.  Siempre tuvo muy presente que fue para protegerle a él. Tú cambiaste su vida esa noche, le diste un futuro sacrificando el tuyo.
—Hice lo que tenía que hacer y, si me arrepiento  de algo, es de no haberme cargado a ese cabrón  mucho antes —masculló, apretando los puños.
—No te atormentes, por favor. No quiero seguir pensando en cómo habrían  sido las cosas si... si... —Se cubrió las mejillas con las manos. Las lágrimas tensaban su voz—. Las cosas simplemente pasan, Caleb. Sé que no es fácil aceptarlo sin más. Tu hermano ya no está. Honra su me- moria y sigue adelante. Es lo que él querría que hicieras. No le gustaría que continuaras  sacrificando tu vida por él.
Caleb no respondió,  no sabía qué decir.
—Creo que me quedaré unos días. Voy a arreglar la casa —comentó



al fin, cambiando  de tema—. Iré a la ferretería  del viejo Travis a por algunas herramientas  y madera. Sigue allí, ¿no?
Su madre sonrió.
—Sí, sigue allí, solo que ahora es su yerno quien se ocupa del nego- cio. Zack Philips, ¿te acuerdas de él?
—Claro que me acuerdo de él.
Su madre miró el reloj que llevaba en la muñeca y sus ojos se abrie- ron como platos.
—¡Es tardísimo, voy a llegar tarde al trabajo! —exclamó.
—¿Vas a ir a trabajar? —preguntó Caleb sorprendido. Y añadió con tono enojado—: ¿Qué pasa, que esos ricachones no respetan ni el luto?
—¡No! Soy yo la que quiere ir. No... no puedo quedarme  sin hacer nada. Necesito  estar ocupada  y también  necesito el dinero.  Hay que pagar el funeral.
—Está bien —refunfuñó—, pero yo te llevo. Quiero  ver esa casa donde trabajas.
Caleb condujo  su Ford  Mustang de 1969 hasta la colina donde  se encontraba el barrio de la gente rica de Port Pleasant. Adoraba  su co- che. Su tío lo había comprado  en un desguace y se lo había regalado para celebrar su salida del Centro.  A Caleb le había costado una pasta restaurarlo, dinero que había conseguido trabajando  quince horas al día durante  dos años, pero había merecido la pena. Por primera vez tenía algo que era realmente suyo.
—Es ahí —dijo su madre, señalando una enorme casa blanca de dos plantas con gigantescas columnas.
Caleb silbó por lo bajo.
—¡Vaya! ¿Y a qué dices que se dedica esta gente?
—No te lo he dicho. El señor Halbrook es juez, vive con su esposa, Helen, y con su hija, Savannah. Es una chica muy agradable, y también muy guapa. Toda una señorita.
—Ya, como todas ellas —replicó él con tono sarcástico.
Aún recordaba al grupito de animadoras del instituto: las populares. Tan estiradas que parecía que se habían tragado un palo, y con la nariz siempre arrugada  como si estuvieran oliendo algo asqueroso.  Esas chi- cas no sabían divertirse. Su única aspiración en la vida era cumplir los deseos de los chicos del equipo de fútbol y perder la virginidad con uno de ellos durante  el baile de graduación.  Chico con el que se casarían al



acabar la universidad  y con el que formarían uno de esos matrimonios aburridos abocados a la infidelidad. Porque ese tipo de chicas, que solo vivían para ser perfectas, en realidad soñaban con que un tipo como él se colara bajo sus vestidos de diseño.
Su madre le dio una colleja cariñosa y después enredó los dedos en su pelo oscuro para alborotárselo.
—Necesitas un buen corte.
—Mi pelo es sagrado, ya lo sabes. ¿Recuerdas cómo me perseguías para cortármelo?  Me traumatizaste.  Llegué a tener pesadillas —comen- tó con los ojos entornados.
Su madre rompió a reír y provocó que él también lo hiciera. Por un momento fue como viajar atrás en el tiempo. Soltó con fuerza el aire de sus pulmones y clavó la vista en la casa. Jamás volvería a ser como antes, ya no.
—No eres un mal chico, aunque  te empeñes  en lo contrario  —le dijo ella con dulzura, y añadió en voz baja—: Yo lo sé y tú te darás cuen- ta algún día.
Caleb no respondió.  Quizá no fuera malo, pero tampoco era bue- no. Los chicos buenos  no eran como él. Solían ser las estrellas del equipo de fútbol y salían con chicas respetables; planeaban  su futuro; iban a buenas universidades,  y se convertían  en médicos, abogados  o jueces. Los chicos buenos  no se metían en peleas ni se jugaban el pe- llejo con asuntos ilegales. Tampoco  se veían obligados  a proteger  a una madre y a un hermano pequeño  de un padre violento. Y no fuma- ban hierba para olvidar que la vida era una mierda y que no merecía la pena esforzarse por un futuro que no iban a tener. No, definitivamen- te él no era un buen chico.
—¿A qué hora vengo a buscarte?  —preguntó,  haciendo  a un lado sus pensamientos.
—La verdad es que no lo sé. Los viernes suelo acabar pronto,  pero el señor Halbrook da una cena mañana y es probable  que deba quedar- me un poco más para echarle una mano. Te llamaré, ¿de acuerdo?
Caleb asintió y se dejó abrazar por ella durante  unos segundos.
—Te quiero mucho —dijo su madre.
—Yo también te quiero, mamá.
Caleb se puso en marcha y fue directamente a la ferretería.  Poco después estaba trabajando  en el porche.



A última hora de la tarde ya había reemplazado  todas las maderas del suelo y los peldaños estaban casi terminados.  Se limpió el sudor de la frente con la camiseta y continuó arrancando los clavos oxidados con un martillo con el que hacía palanca.
—¡Serás capullo, he tenido que enterarme  por los cotilleos del ba- rrio de que mi mejor amigo había vuelto!
Caleb se dio la vuelta y se encontró  con Tyler apoyado  como un gato perezoso en la plataforma de su camioneta. Unas latas de cerveza colgaban de su mano. Se apartó  el pelo de la frente y se encogió de hombros.
—Te habría enviado flores con una nota, pero no sabía si aún te ponían las rosas —dijo Caleb sin ninguna emoción. Se sacudió las ma- nos en los pantalones.
Tyler se echó a reír y su risa chillona acabó contagiando  a Caleb. Chocaron sus puños y acabaron fundidos en un abrazo fraternal.
—Me alegro de verte —declaró Tyler mientras le daba un golpecito en el hombro.
—Yo también.  Aunque lo negaré en público —admitió Caleb con una sonrisa maliciosa. Señaló las cervezas—. ¿Están frías?
—Como el trasero de una tía —respondió  Tyler. Cogió una lata y se la lanzó.
Caleb la atrapó al vuelo y se sentó en los peldaños del porche.
—Veo que conservas tu encanto.
—Yo también te quiero, pero no pienso besarte —repuso Tyler con un suspiro. Hubo  un largo silencio en el que ambos se quedaron  mirán- dose. Rompieron a reír a carcajadas, como si los cuatro años que habían estado separados  nunca hubieran  pasado—.  Siento lo de Dylan, tío, y siento no haber asistido al funeral, pero ya sabes que esas cosas me po- nen los pelos de punta.
—Tranquilo.  No pasa nada —comentó Caleb.
Le dio una palmada en la espalda y apuró la cerveza. Abrió otra lata y estiró sus largas piernas para acomodarse. Contemplaron la calle, don- de unos niños jugaban con un monopatín  y molestaban a unas niñas que saltaban con una cuerda.
—¿Cómo lo llevas? —preguntó Tyler.
El corazón de Caleb se aceleró y se le tensaron los músculos de los brazos.



—Estoy jodido. No puedo  creer que mi hermano ya no esté —res- pondió.  Se pellizcó el puente  de la nariz para evitar que las lágrimas aparecieran en sus ojos—. Él era mi razón para todo, Ty. Era mi respon- sabilidad, y no he podido  mantenerlo  a salvo.
—No podías protegerle  de algo así. Aunque hubieras ido con él en ese maldito coche, no habrías podido  hacer nada. No te rayes, ¿vale?
Caleb asintió, pero sabía que jamás podría librarse del sentimiento de culpa que lo consumía.
—¿Qué pasó en realidad? Tyler se encogió de hombros.
—No lo sé. Su coche apareció empotrado contra un árbol a la altura de Cape Sunset. No había marcas de neumáticos, no frenó.
—¿Crees que pudo quedarse dormido?
—Ni siquiera eran las once cuando  le encontraron. Yo no lo creo, pero... quién sabe. —Abrió su segunda cerveza y apoyó los brazos en las rodillas—. Dicen que había bebido. Había restos de alcohol en su sangre.
—¡Y una mierda! —soltó Caleb a la vez que se enderezaba  como si le hubieran  pinchado—.  Lo más fuerte que tomaba  mi hermano  eran refrescos con azúcar.
—Lo sé, tío. No le he quitado el ojo de encima durante  estos cuatro años, y juraría por mi vida que tu hermano  no había bebido  esa noche ni ninguna otra. Pero el informe del forense dice lo contrario.
—¡Pues ese informe se equivoca!
Se puso de pie y tomó un par de tablas del suelo. Las estudió por ambos lados hasta darles el visto bueno.
Tyler se apartó de la escalera y se quedó mirando cómo las encajaba buscando  una alineación perfecta.
—Estás haciendo  un buen  trabajo  —comentó  para  cambiar  de tema.
Caleb tenía un genio de mil demonios y Tyler se había dado cuenta de que hablar de su hermano lo descontrolaba. Además, le dolía ver ese remordimiento en su mirada. Se había pasado la vida culpándose  por cosas de las que no era responsable.  Tyler lo sabía mejor que nadie.
—La casa se cae a pedazos. Necesita muchos arreglos, y para eso necesito pasta. Y no tengo —dijo Caleb mientras hundía  unos clavos con demasiada fuerza. Se estiró y miró ansioso las ventanas—. Tengo que arreglarla como sea.



Tyler se plantó a su lado mientras se pasaba la mano por la sombra que le oscurecía la mandíbula.
—Entonces  necesitas un trabajo.  ¿Vas a quedarte? —le preguntó con un atisbo de esperanza en la voz.
—No —contestó señalando la calle con la cabeza—. Este sitio ya no es para mí. Regresaré a Santa Fe en cuanto me asegure de que mi madre está bien.
—Pues es una mierda que vuelvas a irte.
Un coche patrulla  pasó muy despacio  por la calle. El policía que conducía bajó la ventanilla y clavó sus ojos en Caleb. Tyler alzó la mano y los saludó con una sonrisa socarrona.
—Gilipollas —masculló, asqueado, sin perder la sonrisa. En cuanto desaparecieron  les levantó el dedo corazón.
—Me alegra ver que hay cosas que no cambian.
—¿Esos? Para lo único que sirven es para poner multas y tocar los huevos. Sin contar con que solo protegen  a los de siempre. —Tyler ju- gueteó con el aro de su oreja y cogió otra cerveza—. Voy a hablar con mi padre, quizá puedas echarnos una mano en el taller. No será mucho, pero... te vendrá bien la pasta.
Caleb se frotó la barbilla y una sonrisa se dibujó en su cara.
—Eso estaría bien, Ty.
—Hablaré  con él esta noche. Podrías empezar mañana. —Tyler en- tornó  los ojos mientras  bebía un largo trago de cerveza y observó el brazo de su amigo—. ¿Y eso? Ahí no es...
Caleb se miró el bíceps, donde su tatuaje asomaba bajo la camiseta, y asintió.
—No soportaba  esa cicatriz —aclaró con un estremecimiento.
Tras una carrera que Caleb había estado a punto  de perder,  su pa- dre lo había aplastado  contra  el motor  caliente del coche y le había provocado  una quemadura bastante seria.
—¿Y te tatúas una lagartija al estilo maorí? —preguntó Tyler con una sonrisita burlona.
—Es un gecko, idiota, y es samoano —le espetó mientras se levan- taba la manga para que pudiera verlo.
—¡Vaaaaale! Es muy chulo, tío, me gusta. Pero me sigue pareciendo una lagartija.
Caleb resopló.



—Pues si vas a burlarte, paso de enseñarte el que llevo en la espalda.
—¿Llevas otro en la espalda? ¿Cuántos tienes ya? ¡Venga, desnúda- te para mí, déjame verlo! —canturreó  Tyler con tono socarrón mientras contoneaba las caderas.
Caleb se echó a reír.
—Te juro que después de lo que acabas de decir, no pienso volver a darte la espalda; y mucho menos agacharme.
Tyler se quedó  pensando.  Frunció  el ceño. De repente,  su cara se iluminó, captando  la indirecta.
—¡Serás capullo! Ya podrías ser la hermana gemela de Sasha Grey y no te metería mano aunque me lo suplicaras —gritó mientras se lanza- ba a por él.
Chocaron  contra una de las columnas y comenzaron  a pelearse en broma, justo cuando un Mercedes gris se detenía en la calle. Los chicos se enderezaron  y lanzaron una mirada desconfiada al vehículo. Un hom- bre descendió  por la puerta  del piloto y se apresuró  a rodear  el coche para abrir la otra portezuela.
—No era necesario que me trajera hasta casa, señor Halbrook —dijo
Hannah  Marcus.
—Por supuesto  que sí, Hannah. No es ninguna molestia. De todas formas tenía que salir.
—Gracias, señor Halbrook.
El hombre  asintió y miró la casa. Sus ojos se posaron  en los dos chicos que le devolvían la mirada de hito en hito.
—¿Es tu hijo?
Hannah  sonrió orgullosa.
—Sí, es mi hijo mayor, Caleb.
El juez Halbrook cruzó los escasos metros que lo separaban del por- che y alargó la mano hacia Caleb. No porque  conociera al otro mucha- cho, sino porque  Caleb era el vivo retrato de su madre y no había lugar a error.
—Encantado de conocerte,  hijo. Soy Roger Halbrook.
Caleb se quedó mirando  la mano del tipo, en la que destacaban  un anillo y un reloj de oro que debían valer lo que aquel barrio. ¿Por qué aquellos ricachones se empeñaban en restregar a todo el mundo la pasta que poseían? Sin apartar la mirada, Caleb estrechó con fuerza aquellos dedos de perfecta manicura con su mano callosa.



—Buen apretón —señaló el juez—, fuerte y seguro. Eso dice mucho de un hombre. —Sonrió y sus ojos volaron al porche—. ¿Lo estás arre- glando tú?
Caleb dijo que sí con la cabeza sin dignarse a abrir la boca. Le im- portaba un cuerno ser amable con ese tipo. No le gustaba la gente como él, que contemplaban el mundo desde un pedestal. Su madre le dedicó una mirada asesina.
—Sí —se obligó a responder para no contrariarla.
—Pues está realmente  bien. —Se quedó  pensando  un momento, con los brazos en jarras mientras inspeccionaba  el suelo del porche—. Espero  que no te moleste, pero... —Clavó sus ojos grises en Caleb—.
¿Te interesaría trabajar para mí unos días?

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